Tu oirás en los cielos

C069A6C4-042A-4A78-949A-C12F8D880DA5Poderosos y variados testimonios de respuestas a la oración, narrados por Moody en una forma sencilla e instructiva. Aumentarán nuestra fe. Por la sencillez y poder de la oración, a favor de aquellos que aún no han sido salvos en la familia y alrededor de nuestras vidas, tendrán una esperanza firme y verdadera
Por D. L. Moody

“Tú oirás en los cielos, en el lugar de tu morada, su oración y su súplica, y les harás justicia”. 1 Reyes 8:49

En el capítulo quince de Juan y en el versículo siete, encontramos quiénes son los que reciben contestación a sus oraciones: “Si permanecéis en Mí, y mis Palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y os será hecho.” Ahora bien, en el capítulo cuatro de Santiago, en el versículo tres, hallamos que algunos no reciben respuesta a sus oraciones: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal.” Hay, pues, muchas oraciones no contestadas porque los motivos que las impulsaron no eran rectos; no habían cumplido, los que las hicieron, la Palabra de Dios. Es bueno que nuestras oraciones no sean contestadas cuando pedimos mal.

Si nuestras oraciones no son contestadas, es posible que hayamos orado sin un buen motivo; o que no hayamos orado según las Escrituras. Así que no desmayemos, aunque no recibamos respuesta a la oración en la forma que deseamos.

Un hombre fue una vez a George Muller y le dijo que quería que él orara en favor suyo pidiendo cierta cosa. El hombre afirmó que ya había pedido a Dios muchas veces que le concediera la petición, pero que Dios no había considerado oportuno concederla. Mr. Muller tomó un cuaderno suyo y le mostró en él, el nombre de una persona por la cual había estado orando desde hacía veinticuatro años. La oración, añadió Mr. Muller, no había sido contestada todavía; pero Dios le había dado la seguridad de que aquella persona se convertiría y su fe se anclaba allí.

A veces hallamos que nuestras oraciones son contestadas inmediatamente, incluso mientras estamos orando; otras veces, la respuesta se demora. Pero especialmente cuando pedimos misericordia, ¡cuán pronto viene la respuesta! Miremos a Pablo cuando exclama: “Señor, ¿qué quieres que haga?” La respuesta llegó al instante. Vemos también al publicano que fue al templo a orar y recibió una respuesta inmediata. El ladrón en la cruz oró: “¡Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino!”, y recibió respuesta inmediatamente, allí mismo. Hay muchos casos similares en la Biblia, pero hay otros de personas que tuvieron que orar durante mucho tiempo y con frecuencia. El Señor se deleita en oír a sus hijos que le hacen peticiones, refiriéndole sus tribulaciones, y por ello deberíamos esperar el momento que El decide es el apropiado para la respuesta. Nosotros no sabemos cuál es.

Había una madre en Connecticut que tenía un hijo en el ejército, y que, al partir, la dejó desconsolada, porque no era cristiano. Día tras día elevaba su voz en oración para el muchacho. Al cabo de un tiempo supo que había sido llevado al hospital y que murió allí, pero no pudo averiguar nada con relación con su muerte. Pasaron los años, y un día un amigo de la familia pasó por su casa en viaje de negocios. Allí vio la fotografía del muchacho en la pared. La miró y dijo: “¿Conocíais a este muchacho?” La madre contestó: “Este muchacho era mi hijo. Murió en la última guerra.” El hombre dijo: “Yo le conocía muy bien; estaba en mi compañía.” La madre entonces le preguntó: “¿Sabe usted algo respecto a sus últimos días?” El hombre contestó: “Yo estaba en el hospital, y este chico murió en paz, triunfante en su fe.” La madre había perdido ya la esperanza de saber nada más del chico; pero antes de partir, ella misma tuvo la satisfacción de saber que sus oraciones habían prevalecido ante Dios.

Creo que hallaremos muchas de nuestras oraciones contestadas cuando llegaremos al cielo, y que ahora creemos que no han recibido respuesta. Si la oración de fe es verdadera, Dios no puede negarnos lo que pedimos. En una ocasión, en una reunión a que asistí, un caballero me indicó a un individuo y me dijo: “¿Ve a este hombre? Este es uno de los dirigentes de un club de infieles.” Me senté a su lado y el infiel me dijo: “Yo no soy cristiano. Usted ha estado tratando de embaucar a toda esa gente y hacerles creer, especialmente a esas viejecitas, que recibe respuestas a la oración. ¿Por qué no lo prueba conmigo?” Hice oración por él, y cuando me levanté, el infiel me dijo con mucho sarcasmo: “¡No estoy convertido todavía!” Le contesté: “Pero aún tiene tiempo.” Más tarde recibí una carta de un amigo diciéndome que aquel hombre se había convertido y estaba trabajando en las reuniones.

Jeremías oró y dijo: “¡Ah, Señor Jehová! He aquí Tú has hecho los cielos y la tierra con tu gran poder y brazo extendido, y no hay nada demasiado difícil para ti.” No hay nada demasiado difícil para Dios: esto es un buen emblema. Creo que ahora es una buena oportunidad para bendición en el mundo, y podemos esperar grandes cosas. Mientras que la bendición se derrama a nuestro alrededor, levantémonos y participemos en ella. Dios ha dicho: “Llámame y te contestaré, y te mostraré cosas grandes y poderosas que no conoces.” Llamemos, pues, al Señor y oremos para que estas cosas puedan ser hechas por amor a Cristo, no a nosotros.

SIEMPRE PIDAMOS
“POR AMOR A CRISTO”

Hace unos años, en una convención cristiana, se levantó un predicador para hablar, y su tema era “Por amor a Cristo”. Este hombre vertió nueva luz para mí sobre este pasaje. Nunca lo había visto de aquella manera. Cuando estalló la guerra, su único hijo se alistó. El hombre no podía ver una compañía de soldados que no se entusiasmara con ellos. Con otros establecieron un Hogar del Soldado en aquella ciudad y él aceptó el cargo de presidente del comité de buen grado. Algún tiempo después dijo a su esposa: “He dedicado tanto tiempo a estos soldados que estoy descuidando mis negocios”, así que se fue a su oficina con la decisión de que los soldados no iban a estorbarle aquel día. Al poco se abrió la puerta y entró un soldado. El hombre no le hizo caso, sino que continuó escribiendo; y el pobre soldado se estuvo allí algún tiempo esperando. Al fin el soldado sacó un papel sucio en el cual había algo escrito. El hombre observó que era la letra de su hijo, por lo que cogió el papel y se puso a leerlo. Decía más o menos: “Querido padre, este soldado pertenece a mi compañía. Ha perdido la salud en defensa de su país, y va camino a su casa para ver a su madre que se está muriendo. Trátalo con cariño por amor a…Charlie” (el nombre de su hijo). El hombre dejó al punto su trabajo y se llevó al soldado a su casa, donde fue atendido con cariño hasta que pudo partir hacia su hogar, para estar con su madre. Lo llevó a la estación y le despidió con un “¡Dios te bendiga, por amor a Charlie!”

¡Que nuestras oraciones sean por amor a Cristo! Si queremos que nuestros hijos e hijas se conviertan, oremos para que esto ocurra, por amor a Cristo. Si este es el motivo, nuestras oraciones serán contestadas. Si Dios entregó a Cristo para el mundo, ¿qué es lo que no nos dará? Si Dios dio a Cristo por amor a los rebeldes, los que yacen en el pecado y la maldad, los ladrones, los que matan, ¿qué nos dará a aquellos que van a El por amor a Cristo? Que nuestra oración sea que Dios haga progresar su obra, no nuestra gloria – no por amor a nosotros – sino por amor a su querido Hijo a quien ha enviado.

De modo que recordemos que cuando oramos hemos de esperar respuesta. Estemos a la expectativa. Recuerdo que al terminar una reunión, en una de las ciudades del Sur, cerca del final de la guerra, un hombre vino a mí llorando y temblando. Creí que en el mensaje habría dicho algo que le había conmovido, y empecé a preguntarle qué era. Hallé, sin embargo, que no podía decirme una palabra de lo que yo había dicho. “Amigo”, le dije, “¿qué le pasa?” Se puso una mano en el bolsillo y sacó una carta, sucia, como si hubieran caído lágrimas en ella.

“Recibí esta carta de mi hermana anoche”, me dijo. “Me dice que cada noche se arrodilla y ora por mí. Creo que soy el peor hombre en todo el Ejército de Cumberland. He tenido un día terrible hoy.”

La hermana estaba a seiscientas millas de distancia, pero había llevado a su hermano a la convicción de pecado por medio de su oración sincera y de fe. Era un caso difícil, pero Dios oyó y contestó la oración de una buena hermana, de modo que el hombre era como arcilla en las manos del alfarero. Pronto entró en el Reino de Dios, todo por las oraciones de la hermana.

Fui a unas treinta millas de aquel lugar, y allí conté esta historia. Un joven subteniente del ejército se levantó y dijo: “Esto me recuerda la última carta que recibí de mi madre. Me decía que cada noche al ponerse el sol oraba por mí. Me pedía que cuando recibiera su carta me fuera a un sitio solitario y me entregara a Dios. Yo me puse la carta en el bolsillo y decidí que tenía mucho tiempo para hacerlo.” Siguió diciendo que las próximas noticias que le llegaron de su casa eran que había muerto su madre. Se fue al bosque solo, y allí clamó al Dios de su madre que tuviera misericordia de él. Mientras estaba en la reunión con su cara resplandeciendo, el joven subteniente dijo: “Las oraciones de mi madre fueron contestadas; lo único que lamento es que no llegó a saberlo nunca; pero un día la voy a encontrar.” Así que, aunque no vivamos para ver nuestras oraciones contestadas, si oramos con poder a Dios, llegará respuesta.

En Escocia, hace muchos años, vivía un hombre con su esposa y tres hijos (dos chicas y un chico). El tenía el hábito de emborracharse y con ello perdía sus empleos. Por fin, dijo que se llevaría a Johnnie a América, donde, sin la compañía de sus antiguos compinches, empezaría una nueva vida. Así que se llevó al chico, de siete años, a América. Al poco de llegar, se fue a una taberna y se emborrachó. Los dos quedaron separados. El muchacho fue colocado en una institución y poco después entró como aprendiz en un obrador, en Massachusetts. Después de algún tiempo, el hombre, descontento se hizo marinero; finalmente llegó a Chicago para trabajar en los lagos. Tenía un espíritu aventurero, y viajó por mar y tierra. Cuando el barco en que iba llegó un día a un puerto, fue invitado a una reunión en que se predicaba el Evangelio. Las buenas nuevas tocaron su alma, y el hombre se hizo cristiano.

Después de haber sido cristiano durante un tiempo, sintió deseos de hallar a su madre. Le escribió en diferentes lugares de Escocia, pero no pudo hallarla. Un día leyó en los Salmos: “Nada será negado a los que andan rectamente.” Cerró la Biblia, se puso de rodillas y dijo: “Oh, Señor, estoy tratando de andar rectamente desde hace meses; por favor ayúdame a hallar a mi madre.” Se le ocurrió escribir a un lugar en Massachusetts, del cual se había escapado hacía algunos años. Resultó que había una carta de Escocia allí que no habían podido entregarle desde hacía siete años. Escribió inmediatamente a aquel lugar en Escocia, y resultó que su madre vivía todavía; recibió la respuesta de su madre al cabo de poco tiempo. Me gustaría que pudierais ver al hombre cuando me trajo aquella carta. Las lágrimas le caían como una fuente de los ojos y le era imposible leerla. Su hermana había escrito por la madre, porque la madre había quedado muy afectada por las noticias del hijo que tenía por perdido, y no podía escribir.

La hermana le decía que durante los diecinueve años que había estado ausente, la madre había seguido orando día y noche para que se salvara, y para que pudiera saber todavía algo de él y pudiera verle. Ahora, la madre estaba muy contenta, no sólo de que estuviera vivo, sino de que se hubiera hecho cristiano. No tardaron mucho la madre y las hermanas en llegar a Chicago.

Menciono este incidente para mostrar la forma en que Dios contesta la oración. Esta madre había orado a Dios durante diecinueve años. Debe de haber parecido, a veces, que Dios no tenía intención de concederle el deseo de su corazón; pero siguió orando, y al fin llegó la respuesta.

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