“Los Que Sembraron Con Lágrimas . . .”

21C082A6-69B9-4519-B14E-4479EF35A79DEs vergonzoso que hayamos estado durmiendo en tiempo de siega (Proverbios 10:5). Hemos perdido en gran medida la pasión de testificar y de ganar almas que caracterizaba a la Iglesia primitiva
  Por Wesley Duewel

    «Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas» (Salmo 126:5, 6).

Cuando las lágrimas son lágrimas de anhelo, derramadas en intercesión, o de gozo, mientras se alaba a Dios por la oración contestada, resultan preciosas a los ojos del Señor. El Hijo de Dios sabe muy bien lo que significa llorar en oración. El versículo más corto de la Biblia – «Jesús lloró» (Juan 11:35) – no sólo es de lo más explícito en cuanto al amor y la compasión de Jesús, sino que además explica la relación que guardaban las lágrimas con su intercesión. Aquel que llora con nosotros, lloró por nosotros mientras luchaba con los poderes de las tinieblas en el huerto (Hebreos 5:7).

Dejemos bien claro que no estamos hablando aquí de lágrimas de autocompasión, las cuales pueden ser básicamente carnales; éstas, aunque quizá alivien la tensión – ya que «una buena ración de llanto» ayuda con frecuencia a la disposición de ánimo del individuo desalentado o deprimido – , si son reiteradas, no dan ningún testimonio de profundidad o poder espiritual. Lo que nos ocupa es el poder de las lágrimas que resultan de un profundo deseo del alma.

Jamás debería usted avergonzarse de llorar como consecuencia de la intercesión afectuosa; de hecho, tales lágrimas testifican ante Dios de la profundidad de su identificación con aquellos por los cuales intercede – de la intensidad del anhelo que forma la base de su oración – y manifiestan que el Espíritu Santo ora por medio de usted. Las lágrimas añaden una dimensión personal y privada de intensidad y poder.

Esta intercesión con llanto será mucho más probable que se dé cuando usted está a solas con Dios: por lo general nuestra vida privada de oración resulta más intensa y profunda que nuestro orar en público. Las lágrimas son algo tan personal, que el alma que llora puede hacerlo más naturalmente y con más libertad cuando tiene sólo a Dios por testigo. Sin embargo, es posible poseer un espíritu de llanto aunque no rueden lágrimas por nuestras mejillas; Dios mira, ante todo, el corazón (1 Samuel 16:7).

Sus lágrimas, como las palabras que dice, tienen gran importancia; sin embargo, Dios lo ve y lo conoce a usted tal y como es en realidad (2 Samuel 7:20; Juan 21:17). El Señor está más familiarizado con las profundidades secretas de su anhelo de lo que aun usted mismo pueda expresar. Trate de profundizar en el clamor del corazón de Dios identificándose hondamente con aquellos por quienes ora; pero no intente producir lágrimas externas; eso sería hipocresía. Reciba las lágrimas cuando el Espíritu Santo se las da; pero únicamente trate de sentir en lo más íntimo de su corazón la profundidad del anhelo que siente el Espíritu.

Tiempo de llorar

En ocasiones, Dios nos llama a derramar lágrimas (Eclesiastés 3:4); lo cual equivale a un llamamiento a la empatía, a una vicaria e intercesora identificación con otros. Entonces, debemos asegurarnos de orar en primera persona del plural y no en tercera; tenemos que identificarnos con los que están en necesidad, en vez de condenarlos y acusarlos. En lugar de pedir: «Señor, perdónalos por ser tan fríos», deberíamos orar diciendo: «Señor, perdónanos como iglesia por estar tan apagados; ayúdanos a amar más, a orar más, a ser más eficaces para ti…»

Hay varias razones por las cuales creo que la situación actual de nuestro mundo requiere lágrimas:

    Deberíamos llorar porque la humanidad ha dejado a Dios. Las naciones se han olvidado de El (Salmo 9:17); no quieren retener el conocimiento del Señor (Romanos 1:28); muestran desprecio por la constante benignidad, tolerancia y paciencia de Dios (Romanos 2:4); a menudo se endurecen a causa de los juicios divinos y por el hecho de segar lo que han sembrado (Romans 2:5; Apocalipsis 16:21). Por estas razones deberíamos llorar por nuestro mundo, clamando: «¡Señor, perdona a nuestra raza desobediente!»

    Deberíamos llorar porque el pecado se multiplica. Los malos hombres están yendo de mal en peor, engañando y siendo engañados (2 Timoteo 3:13). Los pecados enumerados en 2 Timoteo 3:1-5 resultan demasiado evidentes: el amor al yo antes que a Dios, la vanagloria, la soberbia, la blasfemia, la desobediencia a los padres, la ingratitud, la impiedad, la falta de afecto natural, la implacabilidad, la calumnia, la intemperancia, la crueldad, el aborrecimiento de lo bueno, la traición, la impetuosidad, la infatuación y el amor a los deleites más que a Dios. Todas estas cosas, combinadas con los pecados groseros de la perversión sexual, las violaciones y la pornografía han endurecido nuestra conciencia nacional. El crimen se ha extendido; y el terrorismo, el sadismo y la crueldad calculada han alcanzado proporciones inimaginables. La guerra es todavía más terrible, y la paz parece siempre precaria. El hombre da la impresión de estar al borde de destruirse a sí mismo…¿Qué podemos hacer sino clamar con lágrimas en los ojos: «¡Señor, ten misericordia de nuestra raza pecadora!»?

    Deberíamos llorar porque como iglesia estamos demasiado apagados y faltos de poder. Podemos dar gracias a Dios por los creyentes consagrados que hay en muchas partes del mundo, y por lo que El está haciendo a través de ellos; pero el mundo ha perdido el respeto por la Iglesia Cristiana en general, ya que no proporcionamos a Dios la gloria que debiéramos.

Tenemos, «nombre de que vivimos», pero muy a menudo estamos espiritualmente muertos (Apocalipsis 3:1). Nos falta ese poder que debiera ser testimonio al mundo de espiritualidad y devoción (2 Timoteo 3:5). Se percibe asimismo una desviación o un abandono de la sana doctrina, y las sectas falsas se multiplican (2 Timoteo 4:3, 4). Con demasiada frecuencia, nuestra condición espiritual está representada por la iglesia de Laodicea: no nos damos cuenta de lo espiritualmente tibios, miserables, pobres, ciegos y desnudos que estamos para Dios (Apocalipsis 3:17). ¡Qué pequeño porcentaje de buenas iglesias evangélicas se caracterizan realmente por el avivamiento, la ganancia constante de nuevas almas por la mayoría de los miembros y la participación sacrificial en la empresa misionera! Necesitamos llorar por nosotros mismos, y pedirle a Dios: «¡Señor, avívanos otra vez!»

    Deberíamos llorar porque siendo el pueblo de Dios estamos dormidos. «Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño…La noche está avanzada, y se acerca el día» (Romanos 13:11, 12). Es vergonzoso que hayamos estado durmiendo en tiempo de siega (Proverbios 10:5). Hemos perdido en gran medida la pasión de testificar y de ganar almas que caracterizaba a la Iglesia primitiva; nos alteran los pecados flagrantes, pero no nos sentimos inquietados por aquellos cristianos que jamás han ganado un alma para Cristo, o por esos otros cuya oración gira en su mayor parte en torno a ellos mismos y que raras veces lloran por el mundo. Ante nosotros tenemos las mieses mayores y más blancas que haya habido desde Pentecostés, y sin embargo llevamos una vida como si nada pasara. Tendemos a jugar a la iglesia o a considerar las misiones como un mero pasatiempo en lugar de como la mayor tarea del cuerpo de Cristo. ¡Quiera Dios movernos a las lágrimas! «¡Señor, despiértame, y avívanos vez tras vez a mí y a mi iglesia!»

    Deberíamos llorar por lo cerca que está la segunda venida de Cristo y lo incompleto de nuestra labor. Entre las condiciones que se indican en las Escrituras como previas al regreso de nuestro Señor, sólo parece faltar una: «Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14). El gran encargo que Jesús dio a sus discípulos congregados como representación de la iglesia de todas las edades, fue el de llegar al mundo entero; sin embargo, probablemente una cuarta parte de toda la gente del planeta jamás ha oído siquiera el nombre de Jesucristo, mientras que la mitad no podrá tomar una decisión inteligente en cuanto a recibirle como Salvador personal. Las frías estadísticas tal vez no nos conmuevan; pero deberíamos recordar que cada número representa a un individuo real que habrá de pasar la eternidad ya sea en el cielo o en el infierno.

Los que lloraron

    «¿No lloré yo al afligido? Y mi alma, ¿no se entristeció sobre el menesteroso?», expresa Job (Job 30:25). Otros como Moisés derramaron lágrimas por el pecado de su pueblo (Números 25:6); David testificó en cuanto a cómo había llorado y ayunado a favor de Israel (Salmo 69:10); e Isaías gimió por la necesidad de su nación (Isaías 16:9). Al rey Josías, Dios le dijo: «[Por cuanto] tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová…y rasgaste tus vestidos, y lloraste en mi presencia, también yo te he oído, dice Jehová» (2 Reyes 22:19). Cuando Esdras derramó lágrimas por su pueblo, también éste comenzó a llorar y a clamar a Dios (Esdras 10:1); mientras que Nehemías se sentó y gimió por Jerusalén, e hizo duelo por algunos días, y ayunó y oró «delante del Dios de los cielos» (Nehemías 1:4).

A Jeremías llegó a conocérsele como el profeta llorón a causa de la enorme carga de oración que llevaba por su pueblo: «Quebrantado estoy por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo…¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llore día y noche…mi pueblo!» (Jeremías 8:21; 9:1); «Mas si no oyereis esto, en secreto llorará mi alma a causa de vuestra soberbia; y llorando amargamente se desharán mis ojos en lágrimas» (13:17); «Derramen mis ojos lágrimas noche y día, y no cesen; porque de gran quebrantamiento es quebrantada la virgen hija de mi pueblo, de plaga muy dolorosa»(14:17); «Mis ojos desfallecieron de lágrimas, se conmovieron mis entrañas, mi hígado se derramó por tierra a causa del quebrantamiento de la hija de mi pueblo» (Lamentaciones 2:11); «Riós de aguas echan mis ojos por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo. Mis ojos destilan y no cesan, porque no hay alivio hasta que Jehová mire y vea desde los cielos; mis ojos contristaron mi alma por todas las hijas de mi ciudad» (3:48-51).

A su vez, Pablo, el gran apóstol misionero, era también conocido por su ministerio de lágrimas: «Porque por la mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas» (2 Corintios 2:4); «Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo…sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas» (Hechos 20:18, 19); «Acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno» (20:31).

Dios nos llama a orar con lágrimas

Por medio del profeta Joel, el Señor instó: «Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento» (Joel 2:12); y hoy llama a los líderes cristianos a orar con lágrimas por los miembros de sus iglesias: «Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová, y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo…¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?» (2:17). Dios conoce y anota nuestras lágrimas: «Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿no están ellas en tu libro?» (Salmo 56:8). Nuestra época es semejante a aquella de Isaías: «Por tanto, el Señor, Jehová de los ejércitos llamó en este día a llanto» (Isaías 22:12).

Aunque se necesita algo más que lágrimas para que la oración sea eficaz, un corazón cargado, un alma que clama a Dios, es la esencia misma de la intercesión. El mostrarse insensible mientras el mundo se dirige al infierno, y se halla en pecado y dolor, supone un crimen espiritual y orar con ligereza, con los ojos secos y sin carga, cuando la gente se halla en pecado y dolor. Para que su actitud sea cristiana usted debe llorar en su corazón con los que lloran (Romanos 12:15); estar tan lleno de tierna compasión que pueda orar con lágrimas por aquellos quebrantados, encadenados y destruidos por el pecado.

Para el cristiano, la oración no es algo recreativo o arbitrario, sino la cuestión central del reino de Cristo: un unirse a Dios – ese Padre con el corazón quebrantado –, a Cristo – el sufriente Sumo Sacerdote –, y al tierno e intercesor Espíritu Santo, para compartir sus propios latidos y soportar las mismas cargas que ellos llevan en su amoroso corazón.

Orar con lágrimas es realizar una inversión eterna: sembrar su llanto para recoger una cosecha imperecedera. Ni una sola lágrima vertida en intercesión sincera por los demás es jamás olvidada por Dios, resulta vana o queda sin registrar. La oración regada con su propio llanto es una de las formas de interceder más poderosas que se conozcan; y , tan cierto como que Dios está en el cielo, «los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas» (Salmo 126:5, 6).

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