La unción del Espíritu Santo para hacernos como Cristo

18889B05-F5E2-4B32-A8C6-652192441B12La unción del Espíritu Santo produce en nosotros algo más que una imitación de Cristo. Nos transforma por medio de la renovación de nuestro entendimiento (Romanos 12:2), para ser como Él, sentirnos como Él, vivir como Él.

Por S. A. Keen

El don del Espíritu Santo enaltece la persona de Cristo, y entrega al alma la presencia de Cristo. Es esta revelación de Jesucristo al creyente por la unción del Espíritu, lo que le transforma en el espíritu y semejanza de Cristo.

El apóstol Pablo dice: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5), enseñándonos que puede ser una transferencia al alma del creyente una porción del mismísimo espíritu y naturaleza de Cristo; para que todos nosotros, “mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor”, seamos “transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18). Igual como dijo Jehová que tomaría del Espíritu que estaba en Moisés, y lo pondría en los setenta ancianos (Números 11:16-17), así Cristo tomará del Espíritu en sí mismo, y lo pondrá en nosotros, para que podamos seguir adelante, mostrando su Espíritu entre los hombres.

¿Cuál madre no ha visto a un hombre de nobleza y carácter principesco y no ha dicho: “Me gustaría ver reproducido en mi hijo tal espíritu y vida”? Si sólo tuviera el poder de transferir en la naturaleza y vida de su hijo el carácter y las cualidades de aquel hombre respetable, ¡qué alégremente lo haría!

Esto es exáctamente lo que la unción del Espíritu Santo puede hacer en cuanto al Espíritu y carácter exaltados de Cristo. El alma del creyente observa el desarrollo del Espíritu y el porte de Jesús en las cuadruples presentaciones de los evangelios, anhelando ser igual como Él a quien el alma adora. Al recibir al Espíritu Santo, se reproduce en el corazón la mera semejanza de Cristo mismo, la cual ilumina toda la vida con la belleza y fragancia de su Espíritu. Esto no es una imitación de Cristo, sino una reproducción de su vida.

La unción del Espíritu Santo produce en nosotros algo más que una imitación de Cristo. Nos transforma por medio de la renovación de nuestro entendimiento (Romanos 12:2), para ser como Él, sentirnos como Él, vivir como Él.

La unción imparte en nosotros virtudes de Cristo. No solamente fue coronado el carácter de Jesús con la virtudes ordinarias de la rectitud, bondad y santidad, sino que también fue adornado con modos y exhibiciones superiores y más magníficos de estos, de las cuales el mundo nunca había visto un ejemplo en cualquier de los patriarcas, profetas o santos quienes le habían precedido. Él tenía una gracia que le era peculiar a Él en sus virtudes de la justicia, la bondad y la santidad, la cual ninguna otra persona jamás ha demostrado.

Son las virtudes del Espíritu lo que la unción del Espíritu Santo imparte a la vida cristiana. Da a luz una santidad modesta, una dulce bondad, una justicia generosa — como las de Cristo.

La benignidad

Esta unción imparte la benignidad de Jesús. ¿Quién puede estudiar la vida de Cristo sin ser impresionado por su realidad, su firmeza, su valentía? No obstante, ¡mezclado con las cualidades heróicas fue una benignidad extraordinaria! Nunca fue ruidoso ni despiadado; siempre fue sin temor, pero bondadoso; siempre fue leal, pero compasivo. No luchaba ni gritaba. Nunca hizo por fuerza lo que exigía la paciencia.

¡Qué consideración tenía hacia lo débil —debilidad de ignorancia, o debilidad de lo deslustrado—! ¡Cuán impacientes nos ponemos con la ignorancia y la impotencia! ¡Cuánto queremos dar una sacudida a aquellos quienes no entienden ni actúan rápidamente según el nivel de luz que hemos recibido! Pero Cristo nunca quebró la caña cascada; Él nunca apagó el pábilo que humea (Mateo 12:20).

¡Cuán tierno era Él en estimular la mínima pizca de un deseo santo! Donde la resolución había sido pisada y lisiada por una reprensión y denunciación despiadadas, ¡con qué ternura Él la recogería del desaliento, sosteniéndola con sus propios estímulos!

Era tan considerado de la lentitud como era de la debilidad. Hombres, aun sus propios discípulos, tardaban en creer, siendo lentos en comprender. Sin embargo, Él seguía enseñándoles, abrazándoles y amándoles. Éste es el modo de la benignidad el cual el Espíritu Santo imparte. Toda santidad nacida de Cristo, lleva la fragancia de este espíritu de benignidad. Tal benignidad siempre nos hace sobresalientes: destacados en conocer a Dios, destacados en magnificar a Cristo, excepcionales en ganar almas.

El milagro de un espíritu de benignidad en el hogar, en la sociedad y en la iglesia, es incontestable y todo convincente. Pablo podía escribir a los tesalonicenses sin temor de un desafío: “Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos” (1 Tesalonicenses 2:7). ¿Somos nosotros —pastores del rebaño, líderes, maestros de santidad, padres y amigos— vestidos de tierna benignidad?

La mansedumbre

Esta unción imparte la mansedumbre de Cristo. Como incentivo de seguirle, Jesús dijo: “Yo soy manso, y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Él no era exigente, severo. ¡Cuán exigentes somos aun los mejores de nosotros: exigentes de nuestros hijos, de nuestros compañeros, de nuestros hermanos, de nuestros pastores!

Cuando hemos alcanzados una altura elevada de experiencia, y nuestra perspicacia moral ha sido maravillosamente aclarada, ¡cuán dispuestos somos a imponer a otros nuestro criterio avanzado! Y si ellos no acceden a nuestra posición con toda urgencia, conformándose a nuestro nivel, ¡estamos listos a pensar que son testarudos, buenos para nada! Pero Cristo nunca amargó la vida de uno con cargas demasiado pesadas.

¡Oh, cuánto nos falta la mansedumbre; cuán arrogantes somos en nuestras opiniones rectas; cuán severos en nuestros requisitos; cuán crueles en nuestros juicios piadosos! No sólo juzgamos (aunque la Biblia nos enseña en Mateo 7:1: “No juzguéis, para que no seáis juzgados”), sino juzgamos violenta y abiertamente. Insistimos que los demás deben creer, pensar y hacer exactamente como nosotros.

Pero la mansedumbre nacida de Cristo, disculpa tiernamente, no carga las almas con obligaciones, acepta sus esfuerzos bienintencionados, por muy imperfectos que sean. Esta mansedumbre, si es que nos permite ser servidos, quiere y acepta lo menos posible de niños, padres, amigos, hermanos y la iglesia.

En cuanto a honra, prefiere a los otros (Romanos 12:10); nunca desea el primer lugar ni el mejor lugar; “no es jactancioso, no se envanece… no busca lo suyo” (1 Corintios 13:4-5).

Por lo muy rico que sea nuestra experiencia, o lo excepcional que sea nuestro éxito, o lo largo que sea nuestro servicio en la obra de Dios, el espíritu de mansedumbre nos guarda de suponer que somos líderes, oráculos, teniendo “señorío sobre los que están a (nuestro) cuidado” (1 Pedro 5:3).

La humildad

Esta unción imparte la humildad de Cristo. Igual que la mansedumbre es el espíritu de una modesta consideración sin exigencias hacia nosotros, así la humildad es el espíritu de rendirse, servir y consentir en aprender. Cristo dijo: “Soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Eso es, además de no ser exigente, en su espíritu Él se asociaba con los humildes, ayudándoles.

¡Cuánto fue toda su vida la vida de un siervo! Por medio de su encarnación, Él se humilló para satisfacer nuestra necesidad. Su ministerio era el de andar y hacer bienes (Hechos 10:38). Cada palabra suya era para ayudar; cada hecho para bendecir; y su muerte era para traer salvación. Su vida entera fue llena de servicios sencillos, los cuales eran más maravillosos que los milagros que Él hacía.

¡Cuán naturales y ordinarios fueron sus servicios! Si Él hizo algún prodigio, fue incidental más que de costumbre, y siempre sin toque de trompeta. No buscó hacer grandes cosas, ni de recibir aplausos. Él sirvió a cualquier persona con quien tropezó, nunca esperando grandes ocasiones u oportunidades.

¡Cuánto nos falta la humildad! ¡Cuánto deseamos otra esfera, más de la que tenemos! ¡Cuánto buscamos hacer cosas grandes para la gloria de Dios, según nuestro pensar, antes que “si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). Desdeñamos los pequeños deberes, pequeñas cruces, pequeñas oportunidades.

Pero cuando llega en nuestro corazón la humildad nacida de Cristo, con gozo decimos: “¡Cualquier cosa, adonde quiera, para Cristo!” Queremos servir a todos en todo lugar.

La permanencia del Espíritu embellece al alma creyente con la hermosura de la santidad en estas tres gracias: la benignidad, la mansedumbre, y la humildad de espíritu. ¡Que estas gracias nacidas de Cristo, sean nuestras!

 

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