La Importunidad De Los Santos Del Antiguo Testamento

Como intercesor, Moisés usó la importunidad ante Dios, y prevaleció. El demuestra que el hombre que verdaderamente vive cerca de Dios, y con quien Dios habla cara a cara, participa del mismo poder de intercesión que hay en Jesús, quien están a la diestra de Dios y vive siempre para orar.

Por Andrew Murray

    La importunidad tiene varios elementos. Los principales son la perseverancia, la determinación y la intensidad. La importunidad comienza cuando uno no acepta con facilidad que se le rechace la petición. Esta actitud de rechazo se desarrolla hasta convertirse en una determinación a perseverar, a no ahorrar tiempo ni esfuerzo hasta que llegue la respuesta. Luego, esta determinación se convierte en una intensidad en que todo el ser se entrega a Dios en ruego. La osadía hace acto de presencia para asirse de la fortaleza de Dios. En un momento, ésta es tranquila y apacible; en otro, apasionada y osada. En un punto, espera con paciencia, pero en otro, reclama de una vez lo que desea. En cualquier forma, la importunidad siempre habla en serio y sabe que Dios oye la oración; tiene que ser oída.

    Recordemos los maravillosos ejemplos que tenemos de la importunidad en los santos del Antiguo Testamento. Pensemos en Abraham, cuando ruega por Sodoma (Gn. 18:23-32). Vez tras vez renueva su oración. El no cesa hasta saber que Dios condesciende en cada ocasión con su petición, hasta saber cuán lejos puede ir, hasta dónde ha entrado en la mente de Dios, y hasta dónde ha reposado en la voluntad de él. Por ello fue que se salvó Lot. «Dios se acordó de Abraham, y envió fuera a Lot de en medio de la destrucción» (Gn. 19:29). Nosotros que tenemos la redención y que para los paganos tenemos promesas que Abraham nunca conoció, ¿no rogaremos más a Dios a favor de ellos?

    Pensemos en Jacob cuando tuvo miedo de encontrarse con Esaú. El ángel del Señor se encontró con él en la oscuridad y luchó con él. Cuando el ángel vio que no podía con Jacob, le dijo: «Déjame.» Jacob le contestó: «No te dejaré.» Así que el ángel lo bendijo allí. Esa osadía que declaró: «No te dejaré,» que obligó al reacio ángel a bendecirlo, le agradó tanto a Dios que le dio un nuevo nombre a Jacob: Israel, que significa el que lucha con Dios, «porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido» (Gn. 32:24-29). Dios se retiene y trata de escapar de nosotros hasta que sea vencido aquello que es carne y egoísmo y pereza. Luego podemos prevalecer ante él hasta que pueda y tenga que bendecirnos. Lo que nos enseño nuestro Señor: «todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis» (Mc. 11:24) no es otra cosa que la expresión de las palabras de Jacob en otros términos: «No te dejaré, si no me bendices.» Esta es la importunidad que Él enseña. Tenemos que aprender a reclamar y a recibir la bendición.

Moisés y la importunidad

    Pensemos en Moisés cuando Israel hizo un becerro de oro, Moisés se volvió al Señor y le dijo: «Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado…que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de Tu libro que has escrito» (Éx. 32:31-32). Moisés prefería morir, y no que muriera el pueblo que se le había dado. Eso fue importunidad.

    Cuando Dios lo hubo oído y le hubo dicho que enviaría Su ángel con el pueblo, Moisés acudió a él de nuevo. El no se contentaría hasta que, en respuesta a su oración, el Mismo Dios fuera con ellos. Dios le dijo: «También haré esto que has dicho» (Éx. 33:17). Después de eso, en respuesta a la oración de Moisés: «Te ruego que me muestres Tu gloria» (v. 18). Dios hizo pasar todo Su bien delante de él.

    Como intercesor, Moisés usó la importunidad ante Dios, y prevaleció. El demuestra que el hombre que verdaderamente vive cerca de Dios, y con quien Dios habla cara a cara, participa del mismo poder de intercesión que hay en Jesús, quien están a la diestra de Dios y vive siempre para orar.

    Pensemos en Elías. El oró primero para que descendiera fuego, y luego, para que descendiera lluvia (1 Re.18). En la primera oración, su importunidad clama y recibe una respuesta inmediata. En la segunda, se postró en tierra, y puso su rostro entre sus rodillas. Luego le dijo a su criado que mirara hacia el mar. Y éste le trajo el mensaje: «No hay nada.» Ahí estaba la importunidad de la perseverancia. Elías le había dicho a Acab que habría lluvia. El sabía que la lluvia venía. Aún así, el oró siete veces. Precisamente, basado en lo que le ocurrió a Elías en esta oración, Santiago enseña: «…La oración eficaz del justo tiene mucha fuerza» (St. 5:16). Sea Su nombre alabado. ¡El espera aún que se le haga esa pregunta! La fe en un Dios que oye la oración hará que el cristiano ame la oración.

Las características del intercesor verdadero

    Recordemos las características del verdadero intercesor tal como se enseñan en esta parábola: una comprensión de la necesidad de las almas, un amor como el de Cristo en el corazón, una conciencia de la incapacidad personal, fe en el poder de la oración, valor para perseverar a pesar de que sea denegada la petición, y la seguridad de una abundante recompensa. Estas son las cualidades que transforman a un cristiano en un intercesor y originan el poder de la oración que prevalece.

    Estos son los elementos que caracterizan la vida cristiana y la llenan de belleza y salud. Hacen apto al hombre para ser una bendición en el mundo, y lo convierten en un verdadero obrero, que obtiene de Dios el pan del cielo para distribuirlo a los hambrientos. Estas son las actitudes que producen las virtudes más elevadas y heroicas de la vida de fe. ¿Seremos nosotros tan cobardes y flojos que no lucharemos para abrirnos camino hacia el lugar donde podemos hallar libertad para los cautivos y salvación para los que perecen?

    Que cada siervo de Cristo aprenda a comprender su vocación. Su Rey vive siempre en nosotros para orar. El Espíritu del Rey vive siempre en nosotros para orar. Las bendiciones que el mundo necesita hay que hacerlas descender del cielo, mediante la oración de fe, perseverante e importuna. En respuesta a la oración, el Espíritu Santo desde el cielo tomará completa posesión de nosotros para hacer Su obra a través de nosotros.

    Reconozcamos que nuestro mucho quehacer ha sido en vano a causa de nuestra poca oración. Cambiemos nuestro método y oremos más, mucho más, incesantemente. Que ésa sea la prueba de que nosotros acudimos a Dios para todo, y de que creemos que él nos oye.

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