La Oración Y El Amor

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  Por Andrew Murray 

    «Y cuando estuviereis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas» (Marcos  11:25).

    Estas palabras siguen inmediatamente después de la gran promesa acerca de la plegaria: «Todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá» (Mc. 11:24).  Ya hemos visto que las palabras que precedían a esa promesa: «Tened fe en Dios» (v. 22), nos enseñan que en la oración todo depende de que nuestra relación con Dios sea una relación clara.  Estas palabras que le siguen, nos recuerdan que nuestra relación con nuestros semejantes tiene que ser clara también.  El amor a Dios y el amor a nuestro prójimo, son inseparables.  La oración que se levanta de un corazón que, o bien no está bien con Dios por una parte, o con los hombres por la otra, no puede prevalecer.  La fe y el amor son esenciales el uno al otro.

    Descubrimos que este es un pensamiento al cual nuestro Señor con frecuencia daba expresión.  En el Sermón del Monte (Mt. 5:23-24), hablando del sexto mandamiento, enseñaba Él a Sus discípulos cuan imposible era ofrecer un culto aceptable al Padre, si todo no estaba bien con el hermano.

    «Si estuvieras ofreciendo tu presente en el altar, y allí te acordares que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu presente delante del altar, y vete; vuelve primero en amistad con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu presente.»

    Y así, después, hablando de la oración a Dios, habiéndonos enseñado a orar: «Y perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt. 6:12), añadió a la terminación de la oración: «Si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (v. 15).

    Al final de la parábola del siervo que no manifestó misericordia, hace la aplicación de Su enseñanza en estas palabras: «Así también hará con vosotros Mi Padre celestial, si no perdonareis en vuestros corazones cada uno a su hermano sus ofensas» (Mt. 18:35).

    Y así también, aquí, al lado de la higuera que se ha secado, al hablar del asombroso poder de la fe y de la oración de la fe, y de la oración de fe, repentinamente, y en apariencia, sin conexión alguna, introduce el pensamiento: «Cuando estuviereis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.»  Es como si el Señor hubiese aprendido durante Su vida en Nazaret, y después, que la desobediencia a la ley del amor a los hombres, era el gran pecado aun de la gente de oración, y la gran causa de la debilidad de su oración.  Y es como si Él quisiera conducirnos a Su propia bendita experiencia que nada da tanta libertad de acceso y tanto poder en creer como la conciencia que nos demos a nosotros mismos en amor y compasión para aquellos a quienes Dios ama.

    La primera lección que aquí se enseña es la de una disposición perdonadora.  Oramos diciendo: «Perdonaos, así como nosotros hemos perdonado.»  La Escritura dice «Perdonándoos los unos a los otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Ef. 4:32).

    El perdón completo y gratuito de Dios, tiene que ser la regla de nuestro perdón para con los hombres.  De otra manera, nuestro desganado perdón a medias, que no es en realidad perdón; será la regla de Dios con nosotros.  Toda oración descansa sobre nuestra fe en la gracia perdonadora de Dios.

    Si Dios tratara con nosotros según nuestros pecados, ni una sola oración podría ser escuchada.  El perdón abre la puerta a todo el amor y la bendición de Dios; porque Dios ha perdonado todo lo que nosotros hemos perdonado, nuestra oración prevalecerá para obtener todo lo que necesitamos.  La profunda y segura base de la contestación a nuestra oración es el amor perdonador de Dios.  Cuando ese amor ha tomado posesión del corazón, oramos con fe.  Pero también cuando ha tomado posesión del corazón, vivimos en amor.   

La disposición perdonadora de Dios

    La disposición perdonadora de Dios, revelada en Su amor a nosotros, llega a ser una disposición en nosotros.  Como la acción del mismo poder de Su amor perdonador derramado en nosotros, y morando en nosotros, nosotros perdonamos así como Él perdona.  Si se nos infiere un grande y doloroso daño o injusticia, buscamos primeramente de poseer una disposición a semejanza de Dios – de ser salvaguardados de un sentido de honor herido, de un deseo de sostener nuestros propios derechos, y de pagar al ofensor como él ha merecido.  En las pequeñas molestias e irritaciones de la vida diaria, vigilamos con cuidado para no excusar en nosotros mismos el temperamento ligero, arrebatado, la palabra punzante e hiriente, el criterio ligero, con el pensamiento que no tenemos la intención de hacer mal, que no conservamos por mucho tiempo el enojo, o que sería esperar demasiado de la frágil naturaleza humana, que en realidad perdonáramos del modo que Dios y Cristo perdonan.

    No, tomamos el mandamiento en su sentido literal: «De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros»(Col. 3:13).  La sangre que purifica a la conciencia de obras muertas, purifica del egoísmo también; el amor que revela ese amor perdonador, que toma posesión de nosotros, y compenetrándonos, fluye de nosotros a los demás.  Nuestro amor perdonador para los hombres es la evidencia de la realidad del amor perdonador de Dios en nosotros, y es así la condición de la oración de fe. 

La vida cotidiana, la prueba

    Hay también una segunda lección, y de carácter más general: nuestra vida diaria en el mundo es constituida así en la piedra de toque de nuestra comunión con Dios en la oración.

    ¡Con cuánta frecuencia el cristiano, al dedicarse a la oración, hace lo mejor que puede para cultivar determinadas disposiciones mentales que a él le parece serán del agrado de Dios!  No comprende, o se olvida, que la vida no se compone de tantas piezas sueltas, de las cuales puede uno ocuparse ahora de esta y luego de aquella.

    La vida es un conjunto entero y Dios juzga la piadosa disposición de la hora de oración por la disposición ordinaria de la vida diaria, de la cual la hora de la oración no es sino una pequeña parte.  No el sentimiento que yo despierto y evoco en esa hora, sino el tono de mi vida durante el día, es el criterio de Dios de lo que yo en realidad soy y deseo.

    Mi acercamiento a Dios es de una pieza con mi relación con los hombres y con la tierra: el fracaso aquí causará el fracaso allí.  Y eso, no solamente cuando existe la clara conciencia de la existencia de algo mal entre mi prójimo y yo mismo, sino que la corriente ordinaria de mi pensar y juzgar, los pensamientos y las palabras sin amor que permito pasar sin ser observadas, pueden impedir mi oración.  La oración eficaz de la vida viene de una vida entregada a la voluntad y al amor de Dios.  No según aquello que me esfuerzo para ser cuando estoy orando, sino según aquello que soy cuando no estoy orando, trata Dios mi oración. 

Todo depende del amor

    Podemos resumir estos pensamientos en una tercera lección: En nuestra vida con los hombres, la única cosa sobre la cual todo depende, es el amor.  El espíritu de perdón es el espíritu de amor.  Porque Dios es amor, perdona: es solo cuando moramos en el amor, que podemos perdonar como Dios perdona.  En el amor a los hermanos tenemos la evidencia del amor al Padre, el cual es la base de nuestra confianza ante Dios, y de la seguridad que nuestra plegaria será escuchada.  «…Amemos…con obra y de verdad: En esto persuadiremos nuestros corazones delante de Él.  Si nuestro corazón no nos reprende, tenemos confianza en Dios, y cualquiera cosa que pidiéremos, la recibiremos de Él…» (1 Juan 3:18-22).

    Ni la fe ni las obras aprovecharán, si no tenemos amor.  Es el amor que nos une con Dios; es el amor que demuestra la realidad de la fe.  Tan esencial, como en la palabra que precede la gran promesa acerca de la oración en Marcos 11:22, «Tened fe en Dios»; lo es también esta otra que le sigue: «Tened amor para los hombres.»

    Las correctas relaciones para con el Dios viviente que está por encima de mí, y para con los hombres vivientes que están alrededor mío, estas son las condiciones de la oración eficaz.

    Este amor es de consecuencia especial cuando trabajamos por los demás y oramos por ellos.  Algunas veces nos dedicamos a algún trabajo por Cristo, por celo a favor de Su causa, como nosotros la llamamos, o para nuestra propia salud espiritual, sin dedicarnos en un amor que se sacrifica personalmente a sí mismo en beneficio de aquellos cuyas almas buscamos.  No es asombroso que nuestra fe sea débil, y que no triunfe.  El mirar a cada ser mísero y desgraciado, por poco amable o repugnante que parezca ser, en la luz del tierno amor de Jesús, el Pastor buscando a los perdidos; ver a Cristo Jesús en él, y recibirle, por amor de Jesús, en un corazón que realmente ama – este, este es el secreto de la oración de la fe, y de todo esfuerzo que triunfa.

    Jesús, al hablar del perdón, habla del amor como su raíz.  Justamente así como en el Sermón del Monte vinculaba Su enseñanza y Sus promesas acerca de la oración con el llamado a ser misericordioso, como el Padre que está en el cielo es misericordioso (Mt. 5:7, 9, 22, 38-48), vemos que así es también en cuanto a este asunto: una vida de amor, es la condición de la oración de fe. 

Escudriña tu corazόn

    Se ha dicho: Nada hay que tanto examina y escudriña el corazón como la oración de fe, o aun el esfuerzo honrado para orar con fe.  Oh, no tratemos de evadir lo punzante de ese examen propio por medio del pensamiento que Dios no escucha nuestras oraciones por razones sabidas por Él únicamente.  De ninguna manera puede ser eso así.  «Pedís, y no recibís; porque pedís mal…» (Stg. 4:3).  Permitamos que esa Palabra de Dios nos escudriñe.  Preguntémonos si nuestra oración es en verdad la expresión de una vida completamente dedicada a la voluntad de Dios y al amor del hombre.  El amor es el único suelo en que la fe puede echar sus raíces y prosperar.  Y al paso que levanta en alto sus brazos y abre su corazón en dirección al cielo, el Padre mira para ver si los brazos y el corazón están abiertos también hacia lo malo y lo indigno.

    En ese amor, que no es en verdad el amor perfecto y alcanzado, sino el amor de propósito fijo y de sincera obediencia, solo en ese amor puede la fe obtener la bendición.  Es aquel que se da a sí mismo para permitir que el amor de Dios more en él y en la práctica de la vida diaria para amar, así como Dios ama, quien tendrá el poder para creer en el amor que escucha cada una de sus oraciones.  Es el Cordero, quien ocupa el centro del trono: es el sufrimiento y el amor que todo lo sobrelleva que prevalece con Dios en la oración.  Los misericordiosos obtendrán misericordia; los mansos heredarán la tierra.

    «¡SEÑOR, enséñanos a orar!»

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