La Mente de Cristo

23730B1F-1E72-440C-9278-74E78680C324¿Con quién se va a llenar esta mente nueva? ¡Con Cristo mismo! ¿Quién puede ocuparla mejor que el que es el Creador de ella? ¿No era Cristo el tema y la pasión del corazón del apóstol Pablo?
«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Filipenses 2:5). Este texto se refiere al carácter santo de nuestro Señor, de lo profundo de su humildad, de su vida sin mancha, y de su disposición santa.

1 Corintios 2:16 dice claramente que «tenemos la mente de Cristo.» Esto no excluye el texto anterior de su santa disposición, sino que se refiere más directamente a su intelecto, que es la mente. «Tenemos la mente de Cristo.»

La palabra «froneo» del griego, como se encuentra en 1 Corintios 2:16, significa «la facultad de pensar» de Jesucristo. Quiere decir que sus redimidos no tienen que depender de sus propias mentes, porque tienen la «mente de Cristo,» su misma facultad de pensar.

Pensemos más en las palabras, «Tenemos la mente de Cristo,» – la mente de Sí Mismo, el Ungido de Dios. No nos fijemos tanto en el estudio de esta verdad, sino en la relación hermosa que tiene nuestro Señor con nosotros. Es una relacion personal en la que nos imparte lo que es de su propia persona, en la «nueva creación.»

Esta vida mental de Cristo, tan pura y fuerte, es para nuestras mentes, igual que su vida física es para nuestros cuerpos, y su vida espiritual es para nuestros espíritus. Todo lo de Cristo es para todo hombre.

Cuando hablamos de «la mente nueva,» algunos creen que no puede ser de nosotros hasta que realicemos una renovación entera en la región mental, que no debemos esperar que caiga tal bendición del cielo. Tenemos que distinguir entre las actividades mentales y «los procesos nuevos» de la mente. Cuando entregamos nuestra mente al Señor Jesús, su vida mental viene a ser nuestra vida mental, desterrando los pensamientos viejos, y estableciendo una manera nueva de pensar. Por consecuencia el viejo proceso de pensar, que en figura fue crucificado en el Calvario, es casi destruido, y al entregar la mente continuamente a Él, su vida mental ocupará, sostendrá, defenderá, librará y fortalecerá nuestras mentes. Así casi sin esfuerzo tenemos una renovación continua de la mente.

Sí, nuestro Señor nos imparte su vida interior, incluyendo su vida mental. Tenemos su justicia, su santidad, su paz, su gozo, y también Él quiere que tengamos su mente. Recibamos esta verdad en todo su poder y realidad. La «nueva creación» incluye la incorporación de nuestro Señor Jesucristo en toda su plenitud a nuestro ser. ¡Qué glorioso vivir por medio de la vida de Dios mismo!

Nuestro punto de partida, pues, es esta seguridad positiva: «Tenemos la mente de Cristo.» Habiendo entregado la nuestra a la cruz de Cristo, hemos recibido la mente de Él, y así podemos decir que tenemos la mente de Cristo. Esta es la norma de Dios. ¿No podemos tener la misma confianza y seguridad que el apóstol Pablo? Tantos cristianos apenas comprenden lo positivo de la Palabra de Dios. Que no estemos entre ellos, sino vamos a lograr asir aquello para lo cual fuimos también asidos por Cristo Jesús, ¡AHORA! (Filipenses 3:12).

Tenemos que aprender a poseer nuestra herencia espiritual. La «Canaán de la nueva mente,» o «la tierra prometida de Canaán por el intelecto» ¡es de nosotros! Es un don común, ¡no para unos cuantos elegidos, sino para cada hijo de Dios! En Canaán todo hombre puso sus pies sobre su propio terreno, y no es menor el privilegio que tenemos en la Canaán espiritual. Vamos a poner «los pies» sobre nuestro territorio espiritual para poseerlo. Nuestra fe no puede ser pasiva o inactiva si estamos apropiándonos de lo que es nuestro. «Echa mano de tus posesiones» es el mensaje antiguo y presente. ¡Tengamos una actitud positiva y agresiva! La victoria de la mente es nuestra si nos la apropiamos.

¿Con quién se va a llenar esta mente nueva? ¡Con Cristo mismo! ¿Quién puede ocuparla mejor que el que es el Creador de ella? ¿No era Cristo el tema y la pasión del corazón del apóstol Pablo? Su conversión fue para él lo que se escribe en Gálatas 1:16: «para revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase.» Después de treinta años de amor y devoción al Señor, con lucha, servicio y durezas, lo oímos clamar: «A fin de conocerle,» ¡con tal intensidad que estaba dispuesto a sufrir la pérdida de todas las cosas y tenerlas por basura para ganar a Cristo! (Filipenses 3:8).

Sí, el apóstol Pablo tenía una sola visión, un tema, una pasión – ¡Cristo¡ En Gálatas lo menciona 42 veces, en Colosenses 27 veces, en Efesios 48, y en Filipenses 40. Seguramente Cristo ocupaba toda la mente del apóstol. Su Señor era el gozo de su vida y la vida de su gozo. Alguien dijo: «¡Yo tengo una pasión, y esa pasión es Cristo, sólo Cristo!»

¿Qué de nosotros, hermanos amados?

¿Conocemos a nuestro Señor Jesucristo?

¿Ocupa Él nuestras mentes?

Vamos a ver lo que dice Pablo en Filipenses 4:8: «Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.»

¿Cuántos de los hijos de Dios están observando la verdad de este versículo? Al contrario, cuando consideramos tantas otras cosas que llenan la mente, vemos la razón por la cual los cristianos no están creciendo en un conocimiento más profundo del Señor. Cuando Cristo posee la mente, su voluntad se está cumpliendo, y estamos ocupados con todo lo que es de Él.

Sustento para la mente nueva

Jeremías 15:16 nos da luz sobre esto: «Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón: porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos.»

La mente nueva en Cristo Jesús requiere alimento, y solamente puede ser sostenida por lo que Dios mismo ha proveído. Debemos recordar que estamos en nuestro «Canaán espiritual,» y su promesa a través de los siglos es para nosotros ahora: «No comerás el pan con escasez, ni te faltará nada en ella» (Deuteronomio 8:9), porque nuestra comida es divina, el pan de vida, el agua viva, Cristo mismo. Él es nuestra vida y sustento. Tenemos que alimentar nuestras almas con la Palabra escrita para conocer el poder y la realidad de la Palabra viva, Cristo.

La mente nueva tiene mucha hambre y sed, y el Espíritu Santo nos da benignamente. En el principio da «la leche espiritual» (1 Pedro 2:2), y luego da «el alimento sólido» (Hebreos 5:12-14), haciéndonos madurar en su gracia y gozar de «lo mejor del trigo» y de la «miel de la peña» (Salmo 81:16). Al fin, lo superior es, Juan 6:56-57: «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.»

El comer de su carne y beber de su sangre no es un rito reservado para el servicio de comunión, sino una experiencia espiritual que cada creyente puede tener diariamente. Así, el Señor viene a ser Vida para nosotros.

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