La Oración Victoriosa

76F4427B-95FD-458E-9FB3-F7A862ECE8FD Jacob actuó con violencia ante el ángel del pacto y se colgó de él con un propósito de conquista. ¡Y él conquistó! La oración pesistente, acompañada por la fe, domina lo invencible y prevalece con el Omnipotente! ¡Aleluya!

Por E. Wiegel

Jacob dijo: “…No te dejaré, si no me bendices” (Génesis 32:26). La acción más importante y más poderosa que un hombre puede hacer sobre la tierra es prevalecer con Dios en oración. En las Escrituras se nos ha enseñado a orar “…en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia…” (Efesios 6:18).

En la parábola de Cristo sobre la viuda y el juez injusto, Él pregunta, “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?…” (Lucas 18:7). El Señor enseña en esta parábola que estamos para demandar del Trono de la Gracia día y noche hasta que recibamos una respuesta.

Nuestras oraciones por un avivamiento hoy no son contestadas porque carecen del “carácter urgente y del empuje de la persuación” que son necesarios para precipitar un despertamiento enviado del Cielo y conducir a la derrota a las fuerzas impías.

En las luchas de Jacob y de Elías, en los ruegos de Abraham y de Moisés, en las confesiones y las súplicas de Samuel y de David, y en las parábolas de Cristo, hay una enseñanza rica y sagrada respecto a la importancia de la oración importuna e intercesora.

“¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?… Os digo que pronto les hará justicia” (Lucas 18:1-8). Los hombres y las mujeres que poderosamente han prevalecido con Dios en oración, con frecuencia lo han hecho únicamente debido a su perseverancia tenaz. Sus súplicas tercas e incansables llevan con ellas su fe hasta las cumbres de Pisga de la bendita victoria.

Observe la perseverancia de Jacob. Después de que el ángel del Señor había tocado su muslo y lo había descoyuntado, lo privó totalmente de todo poder para luchar, y Jacob todavía clamaba: “¡No te dejaré, si no me bendices!” (Génesis 32:26). Un alma completamente entregada rehusa rendirse cuando se levanta en violencia santa, exclamando: “Tú, Amigo y Padre Amante poderoso, a menos que me bendigas y me concedas mi petición, no te dejaré ir.”

La perseverancia terca implica una fe fuerte

Enfrentar la alternativa de juicio o de un avivamiento del Espíritu Santo y un regreso a Dios, demanda que en nuestros ayunos y oraciones día y noche por el cumplimiento de la promesa del Espíritu de Dios (Joel 2.12-32), ejerzamos sin temor nuestros derechos en Cristo, y nos levantemos en el sumo ejercicio de nuestra voluntad, así como en la fe, y con violencia tomemos el reino de los cielos por la fuerza (Zacarías 10:1, Santiago 5:7; Mateo 11:12). Esa violencia santa deleita a nuestro Padre Celestial cuando clamamos con humildad, pero con terquedad, nuestros plenos derechos en Cristo, su amadísimo Hijo y nuestro Salvador.

Así de este modo, Jacob actuó con violencia ante el ángel del pacto y se colgó de él con un propósito de conquista. ¡Y él conquistó! La oración pesistente, acompañada por la fe, domina lo invencible y prevalece con el Omnipotente! ¡Aleluya!

Nuestra entrega y la entrega de Dios

“…Déjame, porque raya el alba” (Génesis 32:26). Así Dios le dice a cada alma perseverante y luchadora. Jacob percibió en la petición que el ángel del Señor no se podía ir sin su consentimiento. “Oh, amado y deseado Cautivo, Tú eres mi amante y deseado Cautivo también, porque no te dejaré ir, a menos que por todo el mundo envíes tu prometida, lluvia plena!” (Salmos 68:9; Joel 2:28).

La oración que conquista depende de cuánta determinación de voluntad pongamos en nuestro esfuerzo. Dios ha hecho que muchas cosas, en la ejecución de su voluntad, dependan de la voluntad humana. Cuando Dios revela, en su Palabra y en su promesa, su disposición para ayudarnos y bendecirnos, la responsabilidad para la ejecución de esa voluntad descansa en nosotros. La fuerza de voluntad en oración es una de las condiciones más importantes de la oración que prevalece. Todos los gigantes espirituales han tenido gran fuerza de voluntad. Se han convertido en gigantes espirituales porque desearon conquistar, luego conquistaron, a través de Cristo, al mundo, a ellos mismos y a Satanás.

Los conquistadores más poderosos que han logrado las máximas victorias espirituales, las han conquistado sobre sus rodillas porque estaban dispuestos a rendirse totalmente a Dios y lo hicieron, y porque deseaban que Dios, en cumplimiento de su promesa, se rindiera a ellos, y Él lo hizo. Esto no es una irreverencia, sino una declaración bíblica del agrado y el plan de un Padre amoroso. (Jeremías 29: 11-13; 33:3; Efesios 3:20).

Llenos con el fuego del propósito santo

Nosotros no prevalecemos con Dios en oración por la simple aprobación de su voluntad. Es verdad que no podemos prevalecer en contra de su voluntad (y no lo queremos), pero Dios ha condicionado, en amor y sabiduría, la concesión de ciertos favores en una fe sustentada por los esfuerzos más poderosos y más persistentes de la voluntad. La inercia en las manos de Dios no es oración. La oración suprema es la de rechazar con terquedad una negativa e insistir más ardientemente con persistencia en lograr nuestros derechos en Cristo.

Para volvernos tan resueltos como Jacob, tan audaces como Moisés, tan persistentemente humildes como la mujer sirofenicia y tan incorregiblemente persistentes como alguien que está delante de un juez injusto para persuadirlo, Dios permita que el luchar en oración desarrolle en nosotros el poder máximo que está implicado en la desesperación, y que es consistente con la reverencia.

Él busca rodearnos de nuestra personalidad justa hasta llegar al punto más alto posible, y luego, habiendo establecido, activado y desarrollado nuestra débil personalidad para la realeza; Él declara que nos entronará en las Edades por venir para reinar con Él, porque como príncipes que prevalecen, tenemos poder con Dios y hemos prevalecido.

De ese modo, en esta hora crítica, decisiva, de temor —luchar día y noche en oración y ayuno para prevalecer con el Alto y Sublime, el que habita eternidad (Isaías 57:15), nos equipa con la disciplina y la dureza que el alma necesita para transformarse a la semejanza de Cristo, porque en la violencia de su esfuerzo, ¿acaso Él no sudaba como grandes gotas de sangre mientras oraba y prevalecía? (Lucas 22:44; Hebreos 5:7).

Una oración

¡Oh, Dios, toma las riendas de nuestras almas! Dános una carga de oración, de la que no podamos descansar ni de día ni de noche hasta que nuestra fe, atizada por la corriente intercesora intensamente ferviente del Espíritu Santo, en violencia santa arrebate el reino de los Cielos (Mateo 11:12).

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