La unción del Espíritu formando el carácter de Cristo

718D3901-811C-4865-821A-1DE5308C3DC6La permanencia del Espíritu embellece al alma creyente con la hermosura de la santidad en estas tres gracias: la benignidad, la mansedumbre, y la humildad de espíritu. ¡Que estas gracias nacidas de Cristo, sean nuestras!

La benignidad

Esta unción imparte la benignidad de Jesús. ¿Quién puede estudiar la vida de Cristo sin ser impresionado por su realidad, su firmeza, su valentía? No obstante, ¡mezclado con las cualidades heróicas fue una benignidad extraordinaria! Nunca fue ruidoso ni despiadado; siempre fue sin temor, pero bondadoso; siempre fue leal, pero compasivo. No luchaba ni gritaba. Nunca hizo por fuerza lo que exigía la paciencia.

¡Qué consideración tenía hacia lo débil —debilidad de ignorancia, o debilidad de lo deslustrado—! ¡Cuán impacientes nos ponemos con la ignorancia y la impotencia! ¡Cuánto queremos dar una sacudida a aquellos quienes no entienden ni actúan rápidamente según el nivel de luz que hemos recibido! Pero Cristo nunca quebró la caña cascada; Él nunca apagó el pábilo que humea (Mateo 12:20).

¡Cuán tierno era Él en estimular la mínima pizca de un deseo santo! Donde la resolución había sido pisada y lisiada por una reprensión y denunciación despiadadas, ¡con qué ternura Él la recogería del desaliento, sosteniéndola con sus propios estímulos!

Era tan considerado de la lentitud como era de la debilidad. Hombres, aun sus propios discípulos, tardaban en creer, siendo lentos en comprender. Sin embargo, Él seguía enseñándoles, abrazándoles y amándoles. Éste es el modo de la benignidad el cual el Espíritu Santo imparte. Toda santidad nacida de Cristo, lleva la fragancia de este espíritu de benignidad. Tal benignidad siempre nos hace sobresalientes: destacados en conocer a Dios, destacados en magnificar a Cristo, excepcionales en ganar almas.

El milagro de un espíritu de benignidad en el hogar, en la sociedad y en la iglesia, es incontestable y todo convincente. Pablo podía escribir a los tesalonicenses sin temor de un desafío: “Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos” (1 Tesalonicenses 2:7). ¿Somos nosotros —pastores del rebaño, líderes, maestros de santidad, padres y amigos— vestidos de tierna benignidad?

La mansedumbre

Esta unción imparte la mansedumbre de Cristo. Como incentivo de seguirle, Jesús dijo: “Yo soy manso, y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Él no era exigente, severo. ¡Cuán exigentes somos aun los mejores de nosotros: exigentes de nuestros hijos, de nuestros compañeros, de nuestros hermanos, de nuestros pastores!

Cuando hemos alcanzados una altura elevada de experiencia, y nuestra perspicacia moral ha sido maravillosamente aclarada, ¡cuán dispuestos somos a imponer a otros nuestro criterio avanzado! Y si ellos no acceden a nuestra posición con toda urgencia, conformándose a nuestro nivel, ¡estamos listos a pensar que son testarudos, buenos para nada! Pero Cristo nunca amargó la vida de uno con cargas demasiado pesadas.

¡Oh, cuánto nos falta la mansedumbre; cuán arrogantes somos en nuestras opiniones rectas; cuán severos en nuestros requisitos; cuán crueles ennuestros juicios piadosos! No sólo juzgamos (aunque la Biblia nos enseña en Mateo 7:1: “No juzguéis, para que no seáis juzgados”), sino juzgamos violenta y abiertamente. Insistimos que los demás deben creer, pensar y hacer exactamente como nosotros.

Pero la mansedumbre nacida de Cristo, disculpa tiernamente, no carga las almas con obligaciones, acepta sus esfuerzos bienintencionados, por muy imperfectos que sean. Esta mansedumbre, si es que nos permite ser servidos, quiere y acepta lo menos posible de niños, padres, amigos, hermanos y la iglesia.

En cuanto a honra, prefiere a los otros (Romanos 12:10); nunca desea el primer lugar ni el mejor lugar; “no es jactancioso, no se envanece… no busca lo suyo” (1 Corintios 13:4-5).

Por lo muy rico que sea nuestra experiencia, o lo excepcional que sea nuestro éxito, o lo largo que sea nuestro servicio en la obra de Dios, el espíritu de mansedumbre nos guarda de suponer que somos líderes, oráculos, teniendo “señorío sobre los que están a (nuestro) cuidado” (1 Pedro 5:3).

La humildad

Esta unción imparte la humildad de Cristo. Igual que la mansedumbre es el espíritu de una modesta consideración sin exigencias hacia nosotros, así la humildad es el espíritu de rendirse, servir y consentir en aprender. Cristo dijo: “Soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Eso es, además de no ser exigente, en su espíritu Él se asociaba con los humildes, ayudándoles.

¡Cuánto fue toda su vida la vida de un siervo! Por medio de su encarnación, Él se humilló para satisfacer nuestra necesidad. Su ministerio era el de andar y hacer bienes (Hechos 10:38). Cada palabra suya era para ayudar; cada hecho para bendecir; y su muerte era para traer salvación. Su vida entera fue llena de servicios sencillos, los cuales eran más maravillosos que los milagros que Él hacía.

¡Cuán naturales y ordinarios fueron sus servicios! Si Él hizo algún prodigio, fue incidental más que de costumbre, y siempre sin toque de trompeta. No buscó hacer grandes cosas, ni de recibir aplausos. Él sirvió a cualquier persona con quien tropezó, nunca esperando grandes ocasiones u oportunidades.

¡Cuánto nos falta la humildad! ¡Cuánto deseamos otra esfera, más de la que tenemos! ¡Cuánto buscamos hacer cosas grandes para la gloria de Dios, según nuestro pensar, antes que “si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). Desdeñamos los pequeños deberes, pequeñas cruces, pequeñas oportunidades.

Pero cuando llega en nuestro corazón la humildad nacida de Cristo, con gozo decimos: “¡Cualquier cosa, adonde quiera, para Cristo!” Queremos servir a todos en todo lugar.

La permanencia del Espíritu embellece al alma creyente con la hermosura de la santidad en estas tres gracias: la benignidad, la mansedumbre, y la humildad de espíritu. ¡Que estas gracias nacidas de Cristo, sean nuestras!

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