Perdón

41E107AE-08DF-4CEE-9251-79C04550D376D. L. Moody el ganador de almas para Cristo, describe el pecado de no perdonar y sus consecuencias en la oración. Comenta, “Creo firmemente que una gran parte de las oraciones que no son contestadas, no lo son porque los que las pronuncian no perdonan a alguien”. Leamos con meditación y reflexionemos acerca de nosotros mismos.
 

Por D. L. Moody 

    El perdón es quizá la parte más difícil de todas.  Creo que esto es lo que impide a muchas personas recibir el poder de Dios, más que cualquier otra cosa:  debido a que no están dispuestos a cultivar un espíritu de perdón.  Si dejamos que la raíz de amargura contra alguna persona brote en nuestro corazón, nuestra oración no puede recibir respuesta.  Puede que no sea fácil vivir en dulce compañerismo con todos aquellos con quienes nos ponemos en contacto; pero es para esto que recibimos la gracia de Dios. 

    «Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt. 6:12).  Esta es la única parte de la oración que Cristo explicó.

    «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mt. 6:14-15).

    Notemos que cuando entramos en el reino de Dios, lo entramos por la puerta del perdón.  Nunca conocí a nadie que consiguiera una bendición para su alma que no estuviera dispuesto a perdonar a los otros.  Si no queremos perdonar, Dios no nos perdona tampoco.  No conozco cómo se podría decir esto más claro que en las mismas palabras del Señor.

    Creo firmemente que una gran parte de las oraciones que no son contestadas, no lo son porque los que las pronuncian no perdonan a alguien.  Vuelve tu mente al pasado, por el círculo de tus amigos y conocidos.  ¿Hay algunos contra quienes guardas algún rencor?  ¿Hay alguna raíz de amargura contra alguien que te haya injuriado?  Es posible que durante meses y años hayas mantenido un espíritu de falta de perdón; ¿cómo puedes pedir a Dios que Él te perdone?  Si no estoy dispuesto a perdonar a alguno que ha cometido una sola ofensa contra mí, ¡qué cosa tan mezquina y ruin es que yo le pida a Dios que me perdone a mí los diez mil pecados de que soy culpable!

    Pero Cristo va incluso más allá.  Dice «Por tanto, si estas presentando tu ofrenda sobre el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda» (Mt. 5:23-24).

    Es posible que digas: «No sé que tenga nada contra nadie.»  ¿Tiene alguien algo contra ti?  ¿Hay alguien que piensa que le has faltado en algo?  Es posible que tú no lo hayas hecho, pero él lo cree.  De mí, puedo decir que si fuera así, antes de ir a dormir esta noche iría y dejaría el asunto resuelto.  Si lo haces así, verás que serás bendecido en gran manera por el mismo hecho de hacerlo.

    Y si de veras tú tienes razón y el otro está equivocado, tu espíritu humilde y la buena gana de pedir perdón, pueda terminarse en un hermano ganado.  ¡Que Dios arranque de nuestros corazones todo espíritu no perdonador!

    Un caballero vino a verme hace un tiempo y quiso que yo le hablara a su esposa sobre su alma.  Esta señora me pareció ansiosa en extremo, y me dio la impresión que no sería difícil conducirla a la luz; pero cuanto más hablaba con ella más oscuras se hacían las tinieblas.  Fui a verla el día siguiente y aún la hallé en mayor oscuridad del alma.  Creí que tenía que haber algo que no había descubierto, y le pedí que repitiera conmigo la oración del Padre nuestro.  Creí que si podía decir esta oración de todo corazón el Señor le daría paz.

    Empecé a decirla frase tras frase, y ella la repitió tras de mí hasta que llegamos a la petición: «Y perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.»  Aquí se paró.  Lo repetí por segunda vez, esperando que lo diría después de mí; pero me dijo que no lo podía.

    «¿Qué pasa?» le pregunté.

    «Hay una mujer a la que nunca perdonaré,» me contestó.

    «¡Oh!» dije, «ya hemos descubierto tu dificultad; es inútil que sigamos orando, pues tus oraciones no llegarán más arriba de mi cabeza.  Dios dice que no te perdonará a menos que perdones a los demás.  Si no perdonas a esta mujer, Dios no te perdonará a ti.  Este es el decreto del cielo.»

    «¿Quiere usted decir que no puedo ser perdonada hasta que la haya perdonado yo a ella?» me contestó.

    «Esa declaración no vino de mí, sino del Señor, que tiene más autoridad.»

    «Pues entonces, nunca voy a ser perdonada,» me dijo.

    Me marché de la casa sin haber causado ninguna impresión en ella. 

El perdón trae consigo gozo

    Si hay alguien que tiene algo contra ti, ve al instante y reconcíliate con él.  Si tú tienes algo contra alguien, escríbele una nota, dile que le perdonas, y saca esto de tu conciencia.

    Recuerdo que hace unos años estaba en una sala para consejeros en la iglesia; yo estaba en un rincón de la sala, hablando con una joven.  Parecía que algo la estorbaba, pero no podía hallar lo que era.

    Al fin le dije: «¿Hay alguien a quien usted no perdona?»

    «¿Por qué lo pregunta?» me contestó, mirándome.  «¿Se lo ha dicho alguien?»

    «No,» le contesté, «pero pensé que quizá podría ser así, pues usted misma no ha recibido el perdón.»

    «Bien,» me dijo, indicando otro rincón de la misma sala donde había otra joven sentada.  «He tenido problemas con aquella señorita; y hace mucho tiempo que no nos hablamos.»

    «¡Oh!» le contesté, «ahora todo está claro para mí; usted no puede ser perdonada hasta que esté dispuesta a perdonarla a ella.»

    Hubo una gran lucha.  Pero cuánto mayor es la cruz mayor es la bendición.  Errar es humano, pero el perdonar nos asemeja a Cristo y nos permite alcanzar el perdón.

    Al fin la joven me dijo: «Iré y la perdonaré.»

    Es extraño, pero el mismo conflicto tenía lugar en la mente de la otra joven, al otro lado de la habitación.  Las dos se levantaron al mismo tiempo y se encontraron a mitad de la sala.  La una trató de decir a la otra que la perdonaba, pero no pudieron terminar; se lanzaron la una a los brazos de la otra.  Y luego, los cuatro, ellas y los que trabajábamos con ellas, nos arrodillamos y celebramos una reunión de oración.  Las dos se fueron por su camino gozosas.

    Querido amigo, ¿es esta la razón por la que tus oraciones no son contestadas?  ¿Hay algún amigo, algún miembro de tu familia, alguien en la misma iglesia al cual no perdonas?  Algunas veces oímos de miembros de la misma iglesia que no se hablan desde hace años.  ¿Cómo podemos esperar que Dios los perdone a ellos cuando se comportan así?

    Recuerdo una ciudad que el Sr. Sankey y yo visitamos.  Durante una semana nos parecía que estábamos golpeando el aire; no había poder en las reuniones.  Al fin un día, yo dije que quizás había alguien que mantenía un espíritu no perdonador.  El presidente de nuestro comité, que estaba sentado a mi lado, se levantó y se marchó de la reunión, estando otros delante.  La saeta había dado en el blanco y éste era el corazón del presidente del comité.  Tenía problemas con alguien desde hacía unos seis meses.  Al salir había ido a buscar a aquel hombre y le había pedido que le perdonara.  Luego vino a verme con lágrimas en los ojos:

    «Doy gracias a Dios porque usted ha venido aquí,» me dijo.

    Aquella noche teníamos la sala llena de no creyentes.  El presidente se convirtió en uno de los mejores colaboradores en la obra que he conocido, y ha sido activo en el servicio cristiano desde entonces.

    Hace varios años, la Iglesia de Inglaterra envió a un devoto misionero a Nueva Zelanda.  Después de unos cuantos años de trabajo y de fruto, estaba un domingo celebrando un servicio de comunión en un distrito en que los convertidos habían sido salvajes no hacía mucho tiempo.  Al dirigir el servicio, el misionero observó a un indígena que estaba a punto de arrodillarse para tomar la comunión, cuando de repente, se levantó y se fue apresuradamente al otro lado de la iglesia.  Luego regresó y con calma ocupó su lugar arrodillado a la baranda.  Después del servicio el misionero le tomó a un lado y le preguntó cuál era el motivo de su extraña conducta, al cual el hombre replicó:

    «¡Ah! Estaba a punto de arrodillarme cuando reconocí al que estaba a mi lado como el jefe de una tribu vecina, el cual había asesinado a mi padre y se había bebido su sangre; y yo había jurado por todos los dioses que le mataría cuando tuviera oportunidad.  El impulso de vengarme casi me venció, y por ello me alejé, para escapar de su poder.  Mientras estaba en el otro lado de la sala consideré el objeto de nuestra reunión, pensé en Jesús que había orado por los que le mataban: ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen,’ y sentí que yo podía perdonar al asesino de mi padre, y me arrodillé a su lado.»

    Otra historia nos dice de un hombre que, suponiendo que iba a morir, expresó su perdón hacia otro que le había injuriado, y luego añadió: «Pero hay que confesar que si me recobro, todo queda como antes.»

    Amigos míos, esto no es el perdón en lo más mínimo.  Es mi entendimiento que el perdón incluye el olvido de la ofensa, poniéndola completamente fuera del alcance del corazón y del recuerdo.

    Como dice Matthew Henry: «No perdonamos de modo correcto ni aceptable a nuestro hermano que nos ha ofendido si no le perdonamos de todo corazón, porque es esto lo que Dios mira (1 Samuel 16:7).  No hay que albergar la malicia allí, ni una mala voluntad contra nadie; ni hacer planes de revancha, ni desearla, como existen en muchos que exteriormente parecen estar pacíficos y reconciliados.  Hemos de desear y buscar de todo corazón el bienestar de aquellos que nos han ofendido.» 

Dios perdona y olvida

    Si el perdón de Dios fuera como el que nosotros mostramos a menudo, tendría muy poco valor.  Supongamos que Dios dijera: «Te perdono, pero nunca lo olvidaré; por toda la eternidad te lo iré recordando»; no nos consideraríamos haber sido perdonados en absoluto.

    Notemos lo que dice Dios «No me acordaré más de su pecado» (Jr. 31:34).  En Ezequiel 18:22 promete que todas las transgresiones que hemos cometido, no nos serán recordadas; ¿no es esto característico de Dios?  A mí me gusta predicar este perdón, la dulce verdad de que el perdón ha sido borrado por toda la eternidad, que nunca más volverá a ser mencionado.

    En otra parte de la Escritura leemos: «Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades» (Heb. 8:12).  Luego, cuando llegamos al capítulo once de Hebreos, y leemos la lista de honor de Dios, encontramos que no se mencionan los pecados de ninguno de aquellos hombres de fe.

    De Abraham se habla como de un hombre de fe; pero no se nos dice cómo negó que Sara fuera su esposa en Egipto; todo eso había sido perdonado.

    Moisés no pudo entrar a la tierra prometida, por su impaciencia; pero esto no se menciona en el Nuevo Testamento, aunque su nombre aparece en el cuadro de honor del apóstol.

    Sansón es nombrado también, pero sus pecados no le son echados en cara.  Incluso se habla del «justo Lot» (2 Pe. 2:7-8), que no parece muy justo en el relato del Antiguo Testamento, pero ha sido perdonado y considerado como justo.  Una vez que somos perdonados por Dios, nunca más se nos volverá a recordar nuestros pecados.  Este es el decreto eterno de Dios.

    Brooks dice del perdón de Dios concedido a Su pueblo: «Cuando Dios perdona el pecado, lo limpia del todo; de modo que si se lo buscara no se podría encontrar; como dice el profeta Jeremías: ‘En aquellos días y en aquel tiempo, dice Jehová, la maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallarán; porque perdonaré a los que Yo hubiere dejado.’

    «Como David, cuando vio en Mefiboset los rasgos de su amigo Jonatán, no notó su cojera ni otro defecto alguno o deformidad; también Dios, contemplando en Su pueblo la gloriosa imagen de Su Hijo, no hará caso de sus faltas y deformidades, lo que hizo decir a Lutero: ‘Haz de mí lo que quieras, puesto que has perdonado mi pecado.’  Y ¿en qué consiste el perdonar el pecado sino en no mencionarlo?»

    Leemos en el Evangelio de Mateo: «Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele a solos tú y él; si te escucha, has ganado a tu hermano» (18:15).

    Y luego, más adelante, vemos que Pedro va a Jesús y le dice: «Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí?  ¿Hasta siete?»  Jesús le replicó: «No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.»  Pedro no parecía pensar que él mismo estaba a punto de caer en pecado; su pregunta fue: «Cuántas veces perdonaré a mi hermano?»

    Pero pronto leemos que el mismo Pedro cayó.  Podemos imaginar que cuando cayó, le fue dulce recordar lo que Jesús le había dicho de perdonar setenta veces siete.  La voz del pecado es recia, pero la voz del perdón lo es más.

    Entremos en la experiencia de David cuando dijo: «Bienaventurado aquel cuyas iniquidades son perdonadas, y borrados sus pecados.  Bienaventurado el hombre a quien no imputa Jehová la iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño.  Mientras callé, envejeciéronse mis huesos en mi gemir todo el día.  Porque de día y de noche se agravó sobre mí Tu mano; volviόse mi verdor en sequedades de estío.  Mi pecado Te declaré, y no encubrí mi iniquidad.  Confesaré, dije, contra mí mis rebeliones a Jehová; y Tú perdonaste la maldad de mi pecado» (Sal. 32:1-5).

            David podía mirar en todas direcciones, hacia atrás, adelante, arriba y abajo; al pasado, al presente y al futuro, y saber que todo estuvo bien.  Tomemos la decisión de no descansar sobre este asunto del pecado hasta que esté saldado del todo, de modo que podamos mirar hacia arriba e invocar a Dios como nuestro Padre que perdona.  Perdonemos nosotros a los demás, para que podamos reclamar el perdón de Dios, recordando las palabras del Señor Jesucristo que dijo:  «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mt. 6:14-15).

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