¿A Qué Precio El Avivamiento?

5F8A259A-0F87-4CE1-ABEB-487F4DFE93C0Muchos de nosotros al ver la maldad de este mundo, nos indignamos, la rechazamos, pero…¿cuantos gemimos y clamamos a causa de todas las abominaciones, dentro y fuera de la Iglesia?

“Pasa por en medio de la ciudad…y ponles una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella”
(Ezequiel 9:4).
Por M. L. Goodman

En la visión del profeta, el día descrito era a Jerusalén un tiempo de destrucción, desesperanza y presagio. En Jerusalén había aparecido un varón vestido de lino, el cual traía en su cintura un tintero de escribano, obedeciendo las instrucciones del Señor de ponerles una señal a los hombres “que gimen y que claman” a causa de las abominaciones siempre presentes que necesitaban y merecían el mismo juicio que se acercaba.

Es una debilidad de la naturaleza humana, que podemos condicionarnos a estas abominaciones hasta no ocuparnos más de ellas como debemos. Tomamos del espíritu del mundo alrededor de nosotros, y las malas influencias de la sociedad, hasta que sin saberlo, una parálisis progresiva se disemina sobre nuestra alma. Nuestros sentidos están entorpecidos, y faltamos en reconocer nuestro peligro.

Las grandes almas de las cuales la Biblia escribe, las que pusieron en marcha el brazo de Dios por medio de sus oraciones intercesoras, eran hombres que adquirieron la capacidad del alma para identificarse con la necesidad de los hombres y las naciones que ellos querían ayudar y guiar a la salvación.

La oración ferviente de parte de almas angustiadas, es poco común en estos días. Cuando Moisés escaló la cima del Sinaí, llevando consigo la carga de una nación idólatra y reincidente que le activaban las fibras del corazón, él no rezó oraciones mecánicas y floridas.

Puedes excusarte para no clamar y gemir por las abominaciones de este mundo y puedes cerrar los ojos, pero escucha la oración de Moisés: “Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito” (Éxodo 32:31-32). He aquí un alma absorta en una agonía de intercesión. Con una mano puesta sobre un Dios ofendido, y la otra sobre la nación pecaminosa, ¡Moisés rehusó quitar cualquiera de las dos manos hasta que Dios se puso en marcha con una respuesta favorable!

Daniel, conocido como uno de los hombres más santos en la tierra, oró así: “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas” (Daniel 9:5). Para orar eficazmente, él, también, se identificó con aquellos por los cuales oraba.

Debemos orar así si queremos frenar la inmundicia y pecado que se infiltra en nuestras vidas e iglesias en una forma sutil y engañosa. “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Crónicas 7:14)

Permíteme introducir dos Escrituras más que se refieren a este asunto de oración intercesora: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gálatas 4:19), y “Tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Romanos 9:2-3). Quizás el lenguaje aquí te aparezca absurdo, a menos que estés familiarizado con el tipo de oración agonizante, prevaleciente y eficaz del cual el apóstol habla.

¿Has experimentado jamás los dolores de parto cuando divinamente has sido puesto en condiciones de identificarte con el pecador y sus pecados? Si es así, ¡tus labios pueden dar gemidos que no se pueden expresar en palabras! El salmista dijo: “Gimo a causa de la conmoción de mi corazón (Salmo 38:8).

La santidad sin lágrimas, y casi sin oración, que se expresa en nuestra generación, produce una inercia carnal, tan absorta en la vida natural, que se pierde en la “niebla baja” del materialismo actual  engendrado en el infierno.

Somos ricos, (la riqueza que proviene de lo que poseemos el Evangelio, la Biblia, literatura cristiana) pero no podemos hacer funcionar nuestras riquezas. Somos talentosos, pero nuestros talentos son inflexibles y no son dedicados. Tenemos el potencial y oportunidad de tomar una gran parte de este mundo para Cristo, pero todo esto se       Viene abajo por la filosofía materialística de nuestros tiempos.

Mucho del cristianismo ha perdido su celo contra el pecado. Me sorprendió con pena cuando leí este título en una revista religiosa: “¿Por qué estámos mudos ante la maldad de este mundo?” Si acaso viniera a la iglesia el varón vestido de lino, me pregunto cuántos de nosotros recibiríamos la señal en la frente de Ezequiel 9:4 “y le dijo Jehová: Pasa por en medio de la ciudad, por en medio de Jerusalén, y ponles una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella”.

La revista Keswick, al escribir acerca del avivamiento en las Islas Hébridas de Escocia que se manifestó en 1949, dijo esto: “Mas personas asisten a los cultos de oración hoy día en la Isla de Lewis, que los que solían asistir a las asambleas del domingo por la mañana antes del comienzo del avivamiento. Los males sociales fueron arrastrados como por una inundación.

“En las comunidades tocadas por este movimiento de gracia, hay hombres y mujeres que viven para Dios, un culto familiar de adoración a Dios en casi cada hogar; cinco o seis cultos de oración cada semana en la iglesia; y su ministro y líderes fortaleciendo a los jóvenes en la fe. De los centenares de personas que se rindieron a Cristo en la primera onda de gracia del Espíritu Santo, hasta ahora, sólo cuatro jóvenes han dejado de asistir a los cultos de oración”.

No nos basta reconocer las abominaciones siempre presentes y aparentes, sino que debemos gemir y clamar. Es allí donde existe el problema. Muy pocos de nosotros tenemos el interés suficiente para gemir y clamar. La tibieza de Laodicea (Apocalipsis 3:14-22), el humanismo y el materialismo, como una parálisis progresiva, están cerrando nuestros labios y enfriándonos el corazón. La maldad de los últimos días esta dentro de la misma iglesia en una forma muy sutil.

Cristo nos amonestó acerca de tres estorbos primarios para echar raíces y que el evangelio sea exitoso en el terreno espinoso de nuestra vida: “Pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (Marcos 4:19).

Querido lector, ¿te encuentras influenciado por la maldad de estos últimos días?¿Te horrorizan las abominaciones de hoy día? ¿O te estás acondicionando a los males de los tiempos? Y nosotros, ¿estamos dispuestos a someternos a la religiosidad débil, enfermiza e insípida de nuestro día, por la cual acudimos irrespetuosamente a Dios como siendo muy bueno para condenarnos, y nosotros muy buenos para ser condenados? Este es el día cuando la membrecía de la iglesia es cosa popular socialmente, y sus miembros en sus mismos pecados y sin arrepentirse,  por la mayor parte son bienvenidos.

Es el tiempo para nosotros de encontrar en algún lugar un retiro de oración, y examinarnos seria y detenidamente el corazón. Oremos hasta que oramos; orar hasta que el presente se pierda en la revelación de lo eterno; orar hasta que la “niebla” de lo carnal se disipe, permiténdonos ver claramente a lo eterno; orar hasta que el alma sea sumergida en los dolores de parto para los perdidos; orar hasta que se clarifique nuestro aprecio de Dios y el Evangelio.

¡Ora ¡Ora ¡Ora! Así podremos gemir y clamar a causa de las abominaciones que se hacen alrededor de nosotros, hasta que llevemos la señal del varón vestido de lino y con el tintero de escribano. Ezequiel de 9:2 “Y entre ellos había un varón vestido de lino, el cual traía a su cintura un tintero de escribano; y entrados, se pararon junto al altar de bronce”.

 

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