El Engaño

6E115887-6E3D-4B3A-AE3E-B727D8500680El engaño se oculta en el corazón de cada uno de los que profesan amar a Dios, pero fallan en obedecerle, y nosotros hoy necesitamos saber más positivamente lo que son los mandamientos de Jesús, y ¡escucharlos y obedecerlos!

Muchos se engañan, profesando amar a Dios cuando en efecto se aman a ellos mismos. Un joven que tenía grandes posesiones llegó corriendo y se arrodilló delante de Jesús. En apariencia era muy sincero al buscar la verdad, pero amaba sus posesiones más de lo que amaba a Dios; así que «él… se fue triste.» (Marcos 10:22).

    «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?» (Lucas 6:46).

    «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.» (Santiago 1:22).

    «Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor… Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí.» (Mateo 7:22-23).

    «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente…» (Mateo 7:24).

    «Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.» (1 Juan 5:3).

    «El que me ama, mi palabra guardará…» (Juan 14:23).

El engaño se oculta en el corazón de cada uno de los que profesan amar a Dios, pero fallan en obedecerle. Mucho se ha dicho acerca de «la ley» y «la gracia» sin ningún concepto de lo que en realidad es la Ley o la Gracia. Los judíos, bajo el antiguo pacto, sabían bastante bien lo que eran los mandamientos de Moisés – y nosotros hoy necesitamos saber más positivamente lo que son los mandamientos de Jesús, y ¡escucharlos y obedecerlos!

La ley, dada por Moisés, fue nuestra maestra de escuela para traernos a Cristo. Hoy estamos viviendo bajo las provisiones del Nuevo Pacto, siendo Jesús el Mediador del Nuevo Testamento, tal como Moisés lo fue del antiguo pacto. «Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.» (Juan 1:17).

Las cosas en el Antiguo Testamento fueron escritas para nuestra amonestación, señalando más adelante hacia Cristo, quien es la Cabeza de la Iglesia. Necesitamos obedecer las palabras de Jesús, y permanecer por todas las enseñanzas del Nuevo Testamento, y ser amonestados por los tratos de Dios bajo el antiguo pacto, y al mismo tiempo dándonos cuenta de que ahora no estamos bajo ese pacto, sino bajo el nuevo.

¿Cuál es mi actitud hacia Dios y hacia su Palabra?

Jesús, el Hijo de Dios, nos previene –nos ordena–: «Mirad, pues, cómo oís.» (Lucas 8:18). El hecho de que hayamos escuchado las enseñanzas de la Biblia no es lo vital. Inclusive no sería suficiente ni aunque el Señor mismo hubiera enseñado«en nuestras plazas» (Lucas 13:26). ¡Dios está buscando un pueblo que le ame lo suficiente como para obedecerle! «El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama.» (Juan 14:21).

¿Cuántos de nosotros ni siquiera tenemos los mandamientos de Jesús en nuestros corazones, sin mencionar guardarlos? ¡Ay!, ¿cuántos de nosotros realmente ponemos atención a cómo escuchamos la Palabra de Dios? ¿La escuchamos atentamente, la atesoramos, la abrigamos en nuestros corazones y la obedecemos totalmente, negándonos a nosotros mismos (Mateo 16:24), humillándonos a nosotros mismos (1 Pedro 5:6), recordando las palabras que dijo Jesús (Juan 15:20) y meditando en ellas de día y de noche?

Guardar las palabras del Señor significa obedecerlas, sujetarlas, protegerlas de pérdida o daño, manteniendo nuestra vista sobre ellas, observando y atendiendo al asunto de obedecerlas, prevenir que se escapen de nosotros, guardarlas en la memoria, apoderarnos de ellas, tomarlas, retenerlas, poseerlas. «Haced que os penetren bien en los oídos estas palabras.» (Lucas 9:44).

    «Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo… El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso.» (1 Juan 2:1,4).

Dios es el mismo. Él no cambia. Su Palabra en el Antiguo Testamento es maravillosa y verdadera. Él trató con Adán bajo un pacto diferente al que hizo con Abraham, pero es el mismo Dios amante. Él ahora trata con nosotros mediante su Hijo en esta dispensación de la gracia bajo el nuevo pacto, pero Él es el mismo; Él no cambia. Somos justificados por fe. La fe en sí es parte de la obediencia. Jesús dice: «Tened fe en Dios.» (Marcos 11:22).

Las verdades de Dios deben ser predicadas y obedecidas

Dios quiere predicadores que le obedezcan y prediquen «la palabra» (2 Timoteo 4:2), «no como para agradar a los hombres, sino a Dios.» (1 Tesalonicenses 2:4).

    «Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios?… Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.» (Gálatas 1:10).

    «Lo que os digo… decidlo» (Mateo 10:27), no rastreramente, no con excusas, no preguntándole a la gente si le gusta o no lo que Dios te ha dado para decir, sino hablando «conforme a las palabras de Dios» (1 Pedro 4:11), como mensajero de Dios, hablando la verdad «en amor» (Efesios 4:15) –«con denuedo… con denuedo»– (Efesios 6:19,20).

    «El (Señor)… hace… a las flamas de fuego sus ministros.» (Salmos 104:4).

¿Es ésta una descripción de mi persona? ¿O soy una persona temerosa del hombre y que le agrada al hombre, disculpándose por lo poco de verdad de la Palabra de Dios que se atreve a hablar, justificando hábilmente hasta negar las declaraciones positivas y claras de las Escrituras – cubriendo con «azúcar» las verdades purificadoras de Dios, diluyendo con razonamientos y temores humanos las proclamaciones enfáticas de la Santa Palabra de Dios, omitiendo los dientes que Dios Todopoderoso ha puesto en su Palabra con un propósito?

¡Se necesitan predicadores de la Palabra de Dios que sean valerosos! Hombres y mujeres enviados por Dios que hablen la verdad en amor, no para obtener un reconocimiento para ellos mismos, no insistiendo sobre unos cuantos versículos de las Escrituras y persiguiendo unos cuantos «pasatiempos», sino predicadores que, en el espíritu de Juan el Bautista no rehuyan «anunciaros todo el consejo de Dios» (Hechos 20:27), siendo cuidadosos de «andar en el Espíritu» (Gálatas 5:16), siempre.

¡Dios nos ayude a mantener una actitud apropiada hacia Él mismo y hacia su Palabra! Cuando Dios dice algo, no tengamos vergüenza de decirlo. «Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles.» (Lucas 9:26).

Por supuesto, sufriremos si somos sinceros para con Dios en un mundo tan lleno de rebelión en contra de Dios, como lo es éste. «Y si hijos, también herederos… si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.» (Romanos 8:17).

¿En verdad no estamos deseando padecer, por su gracia, con Aquel que murió por nosotros? Gracias a Dios, sí, ¡bendito sea su Nombre para siempre! «Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.» (2 Timoteo 3:12).

Entonces recuerda la palabra del Señor Jesús, y ama a tus enemigos, ora por ellos (no contra ellos), que te ultrajan y te persiguen (Mateo 5:44).

Algunas veces padeceremos debido a nuestro propio desatino. Necesitamos pedir a Dios sabiduría. Cuando en realidad nos persigan por la causa de Cristo… «Gozaos» (Mateo 5:10-12). «¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas.» (Lucas 6:26).

¡Dios está buscando un pueblo que le ame lo suficiente como para obedecerle!

    «Jehová… dice: …Yo honraré a los que me honran.» (1 Samuel 2:30).

    «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?» (Juan 5:44).

    «Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión.» (Isaías 58:1).

    «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra.» (Efesios 5:25-26).

    «Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan.» (Lucas 11:28).

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