Willie Lear, El Sustituto

0B6A96B6-F341-4D3E-9C4C-AB4CD630BDCELector, ¿crees que Jesucristo murió por tus pecados? ¿Crees que por el hecho de haber muerto Él por tus pecados, y que tú hayas creído en El, tus pecados han sido perdonados? Y si crees en Él, ¿le confiesas y te esfuerzas en mostrar tu gratitud con una vida consagrada a su servicio?
Por D. W. Whittle

Willie Lear vivía cerca de Palmyra, en Missouri. En 1862 era un joven de unos dieciocho años. Como muchos de los que vivían en esta vecindad, simpatizaba con el sur en la guerra civil que entonces estaba en desarrollo. Las fuerzas de la Unión, o sea del Norte, ocupaban Palmyra, y tenían control del distrito. Se cometían excesos y atropellos por las dos partes, y la historia local registra muchos actos execrables en aquellos tiempos tan tristes. A los soldados de la Unión los sacaban de sus casas y los maltrataban. Para vengar estas cosas y poner coto a las mismas, el comandante de las fuerzas federales arrestó y metió en la cárcel a un buen número de ciudadanos. Se les acusaba a todos de pertenecer a las «guerrillas», y después de un consejo de guerra sumario se les sentenció a muerte. Willie Lear estaba entre ellos.

Después de haber sido condenados, el general decidió seleccionar a diez del conjunto de los condenados para su ejecución inmediata y reservar al resto bajo la esperanza de perdón si los atropellos terminaban, o bien, en caso contrario, castigar a ellos también. Se sacaron suertes para poner aparte a los diez y Willie Lear no se hallaba entre ellos.

Quien se hallaba entre los diez, y por tanto iba a ser fusilado, era un vecino de Lear, el cual estaba terriblemente angustiado al pensar en su situación. Era el padre de una numerosa familia, un hombre pobre, y la idea de la condición en que quedaban sus hijos y esposa, completamente indefensos, le tenía muy apenado.

Lear vio todo esto y se sintió profundamente conmovido. Dio un paso adelante hacia el comandante en jefe y se ofreció para ocupar el lugar del vecino. El oficial no presentó objeción alguna. La orden era que tenían que ser fusilados diez hombres, y con tal que se completara el número, la ley quedaba satisfecha. El vecino aceptó la sustitución de Lear con la más profunda gratitud; y por ello, con el consentimiento de los tres afectados: el representante de la ley, el condenado por la ley y el que satisfacía la ley con su sustitución, la cosa quedó resuelta.

Willie Lear ocupó el lugar de su amigo en la fila con los otros nueve delante de un destacamento que ya había preparado sus rifles, y, a la orden de «¡Fuego!», cayó con los otros, acribillado a balazos, y su sangre salpicó el suelo.

Cuando el vecino rescatado contemplara la sangre y el cuerpo magullado, ¿qué pensaría? ¿No diría con lágrimas en los ojos:

«Murió por mí. Le debo la vida. ¿Qué puedo hacer para mostrar mi agradecimiento a uno que ha hecho tanto por mí?»

Y si más tarde se le huberia preguntado: «¿Cómo fuiste librado de la sentencia que había caído sobre ti?», ¿procuraría ignorar la obra del sustituto haciendo alarde de alguna obra imaginaria suya en la aceptación del sustituto? Diría: «Oh, fui salvado por mi fe, por mi decisión a vivir una mejor vida. Todo ello es debido al desarrollo del carácter.» ¿Habría sido tan ingrato como para dejar de mencionar la muerte de su noble amigo en lugar suyo como la única causa de su salvación? Si lo hubiera hecho, no habría sido digno de que el otro muriera por él, y habría sido una ignominia para toda su familia y para la comunidad. Pero ¡no! Nunca dio respuestas de este tipo. No trató el acto de su amigo con semejante indiferencia.

Los hombres por quienes Cristo murió en la cruz hablan de esta manera; pero este hombre no lo hizo nunca. Nunca se cansó de contar la forma en que Willie Lear le había salvado, y reconoció de buena gana su obligación hacia él.

Lector, ¿crees que Jesucristo murió por tus pecados? ¿Crees que por el hecho de haber muerto Él por tus pecados, y que tú hayas creído en El, tus pecados han sido perdonados? Y si crees en Él, ¿le confiesas y te esfuerzas en mostrar tu gratitud con una vida consagrada a su servicio? ¡Oh, no nos cansemos nunca de contar la historia de la redención por su sangre; no le quitemos la gloria como nuestro único Salvador y Redentor, atribuyendo nuestra salvación del pecado y nuestra vida eterna a nada más que a su muerte en la cruz por nuestros pecados!

Erramos gravemente cuando pensamos que algún otro Evangelio o alguna otra forma de Evangelio va a tener más éxito para alcanzar a los hombres, no importa quiénes sean o lo que sean. Ningún hombre puede ser salvo sin que el poder de Dios le sea aplicado; y como Dios ha decretado que «la predicación de la cruz es poder de Dios,» (1 Corintios 1:18) para que los hombres puedan ser salvos, tenemos que predicar la cruz. Y el significado de ello es: «Esto es mi sangre, que fue derramada por muchos para remisión de pecados» (Mateo 26:28). Cristo es el sustituto del pecador.

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