El Más Joven Y El Más Débil Pueden Orar

085E94BA-E78A-42F3-8FC7-3D3F06301911Tales son los obreros de poder en el campo de Dios. Son aquellos héroes y heroínas no vistos, que se esfuerzan en la oración, los que hacen posible el trabajo y la victoria de los que sí son vistos

Por G. Campbell Morgan
No está excluido del sagrado servicio de la oración, ningún hijo de Dios. Aun el más joven y el más débil pueden orar. Algunos de nosotros estamos excluidos de ciertas formas de servicio por causa de las presiones que experimentamos en la vida, pero no de la oración. Existen ciertos cristianos quienes han estado aislados por muchos años de las actividades de la iglesia, incluyendo los cultos, pero con todo, ellos no han dejado su puesto de oración, esforzándose por ganar la victoria en oración.
Me acuerdo de una mujer aquí en Londres, la cual ha estado en dolor continuamente desde 1872, si me acuerdo muy bien, ella siempre oraba. Hoy día ella está torcida y deformada por el sufrimiento, pero al mismo tiempo le llena la calma y fuerza del lugar secreto del Altísimo. En 1872 era una muchacha postrada en cama en la sección norte de Londres, orando que el Señor traiga un avivamiento a la iglesia de la cual ella era miembro, aunque nunca había asistido.
Ella había leído en la revista titulada Avivamiento, la historia de una obra en Chicago entre niños pobres, desempeñada por un hombre que se llamaba Moody. Nunca había ella visto a Moody, pero poniendo aquella revista debajo de su almohada, ella comenzó a orar: «Oh Señor, envía a nuestra iglesia a este hombre.» Ella no tuvo manera de comunicarse con él.
Él había visitado antes el país en 1867, y luego en 1872 él comenzó de nuevo un viaje breve sin intenciones de predicar. El Sr. Lessey,s el pastor de la iglesia de la cual la muchacha era miembro, se dirigió a Moody pidiéndole predicar. Él consintió, y después del culto nocturno, él invitó a los que querían arrepentirse y seguir a Cristo y cientos lo hicieron. Atónito, y creyendo que ellos habían malentendido la invitación, la repitió de manera más clara, pero la reacción fue la misma. Los cultos se prolongaron hasta diez días, y cuatro cientos miembros se añadieron a la iglesia.
Al contarme esta historia, Moody me dijo: «Yo quería saber el significado de esto, y comencé a investigar sin cesar hasta que encontré esa muchacha postrada en cama, quien había estado orando que Dios me trajera a esa iglesia. Él la había escuchado, y me trajo la distancia de más de seis mil kilómetros por tierra y mar para satisfacer su petición.»
El hijo de Moody cuenta esta historia cuando escribió la vida de su padre. Pero permítame a mí continuarla, porque la muchacha era miembro de la iglesia donde pastoreaba en Nueva Corte. Todavía es miembro, y todavía está sufriendo, sin poder dejar su alcoba. En el año 1901, cuando yo salía de Inglaterra para América del Norte, fui para visitarla.
«Por favor, alcance aquel libro que yo uso para anotar cumpleaños,» me dijo.
Lo hice, y buscando la página por el 5 de febrero, vi escrito en la letra cursiva que bien conocí: «D. L. Moody, Salmo 91.»
Entonces Marianne Adlard me dijo: «Él me escribió eso cuando vino a visitarme en 1872, y oré por él cada día hasta que murió.» Luego prosiguió: «Ahora, ¿quiere usted escribir su nombre en la página de su cumpleaños, y así permitirme orar por usted hasta que usted o yo nos vayamos con el Señor?»
Nunca me olvidaré la ocasión de escribir mi nombre en ese libro. Me pareció que el cuarto se llenaba de la presencia de Dios. Muchas veces en la prisa de una vida activa, en el lugar de afán y tensión, he pensado en aquel tiempo; y sé que aun ahora Marianne Adlard se está acordando de mí en la oración.
Tales son los obreros de poder en el campo de Dios. Son aquellos héroes y heroínas no vistos, que se esfuerzan en la oración, los que hacen posible el trabajo y la victoria de los que sí son vistos. No se puede medir la fuerza resultante que experimentan estos ministros que son el blanco de la oración.

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