La Batalla Por La Fe Debe Ser Ganada

E436C61E-36ED-4EFF-A160-711857122E64Apareceremos en el cielo, no con nuestra armadura puesta, sino vestidos con mantos de gloria. Pero mientras estemos aquí tenemos que usar nuestras armas día y noche. Tenemos que caminar, trabajar y dormir en ellas, si no, no llegaremos al Cielo

Fe en la Palabra y en Cristo
El verdadero cristianismo es la batalla de la fe. En este sentido la guerra cristiana es totalmente diferente de los conflictos de este mundo. No depende del brazo fuerte, del ojo avizor ni de los pies rápidos. No se libra con armas carnales, sino con las espirituales. La fe es el engranaje con la cual gira la victoria.
Una fe en la verdad de la Palabra escrita de Dios es el primer fundamento del carácter del soldado cristiano. Es lo que es, hace lo que hace, piensa lo que piensa, actúa como actúa, tiene la esperanza que tiene y se comporta como se comporta por una sencilla razón: Cree en ciertas premisas reveladas y explicadas en las Sagradas Escrituras. «…Es necesario que él que se acerca a Dios crea que Él existe, y que es galardonador de los que Le buscan» (Heb. 11:6).
Una fe especial en la persona, obra y el oficio de nuestro Señor Jesucristo es la vida, el corazón y el móvil del carácter cristiano. Una persona ve por fe a un Salvador invisible quien lo ama, dio Su vida por él, pagó sus deudas, cargó con sus pecados, llevó sus transgresiones, resucitó por él y aparece en el cielo para él como su Abogado sentado a la diestra de Dios.
Ve a Jesús y se aferra a Él. Viendo a este Salvador y confiando en Él, siente paz y esperanza, y con gusto batalla contra los enemigos de su alma. Ve sus muchos pecados, su corazón débil, un mundo tentador, un diablo activo y, si mirara sólo a estos, se desesperaría. Pero ve también a un Salvador poderoso, un Salvador intercesor, un Salvador comprensivo – Su sangre, Su justicia, Su sacerdocio eterno – y cree que todo esto es para él. Ve a Jesús y pone sobre Él todo su peso. Viéndolo a Él, sigue luchando alegremente con la confianza de que los que creemos en Él «somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Rom. 8:37).

Una fe viva habitual en la presencia de Cristo y Su pronta disposición para ayudar es el secreto de la lucha victoriosa del soldado cristiano. Nada le quita mejor al soldado las ansiedades de la guerra que la seguridad del amor y la protección continua de Cristo. Nada lo capacita para aguantar el cansancio de velar, luchar y contender contra el pecado como la confianza interior de que Cristo está de su lado y, por ende, el éxito es seguro.

Es el «escudo de la fe» el que apaga todos los dardos de fuego del maligno. El hombre que puede decir, «Yo sé a quién he creído,» es el que puede decir en el momento de sufrimiento, «No me avergüenzo» (2 Tim. 1:12). El que escribió, «No desmayemos» y «porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria» (2 Cor. 4:16-17), es el que escribió con la misma pluma, «No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (4:18). Es el hombre que dijo, «Vivo en la fe del Hijo de Dios» (Gál. 2:20), y dijo en la misma epístola, «El mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo» (6:14). Es el hombre que dijo, «Para mí el vivir es Cristo» (Flp. 1:21), y dijo en la misma epístola, «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación» (4:11). «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece…» (4:13). ¡Cuánto más grande es la fe, más contundente es la victoria! ¡Cuánto mayor es la fe, más enriquecedora es la paz interior!

¿Quiere alguno pelear la batalla del soldado cristiano exitosa y prósperamente? Ore pidiendo un continuo aumento de fe. Permanezca en Cristo, acérquese más a Cristo y aférrese más a Cristo cada día de su vida. Ore cotidianamente como oraban los discípulos: «Señor, auméntanos la fe» (Lc. 17:5). Vigile celosamente su fe, si es que la tiene. Éste es el baluarte del carácter cristiano de la cual depende la seguridad de toda la fortaleza. Es el punto que a Satanás le encanta asaltar. Todo queda a los pies del enemigo si no hay fe. En esto, si amamos la vida, tenemos que mantenernos en guardia de una manera especial.
Recordemos que si queremos pelear exitosamente tenemos que ponernos toda la armadura de Dios y no quitárnosla hasta morir. No podemos prescindir ni siquiera de una pieza de ella. El cinto de la verdad, la coraza de justicia, el escudo de la fe, el yelmo de la salvación, la espada del Espíritu, todos estos pertrechos son absolutamente necesarios. No podemos quitarnos ninguna parte de la armadura ni siquiera un día. Dijo bien aquel veterano del ejército de Cristo que murió hace 200 años, «Apareceremos en el cielo, no con nuestra armadura puesta, sino vestidos con mantos de gloria. Pero mientras estemos aquí tenemos que usar nuestras armas día y noche. Tenemos que caminar, trabajar y dormir en ellas, si no, no llegaremos al Cielo» (Christian Armour [Armadura cristiana], por Gurnall).

Vencedores por medio de Cristo
Recordemos que la mirada de nuestro amante Salvador está sobre nosotros de mañana, al mediodía y en la noche. Nunca nos dejará ser tentados más de lo que podamos resistir. Él puede sentir lo que sentimos en nuestras debilidades, pues Él Mismo fue tentado. Sabe cuáles son nuestras batallas y conflictos porque Él Mismo fue atacado por el príncipe de este mundo. Teniendo semejante Sumo Sacerdote, Jesús, el Hijo de Dios, mantengámonos firmes en nuestra profesión (Heb. 4:14).
Recordemos que miles de soldados ya han peleado la misma batalla que estamos peleando nosotros y que fueron victoriosos por medio de Aquél que los amó, vencieron por la sangre del Cordero, y nosotros también podemos hacerlo. El brazo de Cristo es tan fuerte como siempre. Él que salvó a hombres y mujeres que vivieron antes que nosotros, es Él que nunca cambia. «Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios» (Heb. 7:25). Entonces, librémonos de nuestras dudas y temores. Seamos «imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas» (Heb. 6:12).
Por último, recordemos que el tiempo es corto y se acerca la venida del Señor. Unas cuantas batallas más, sonará la trompeta y el Príncipe de Paz vendrá para reinar en una tierra transformada. Unas pocas batallas y luchas más, y nos despediremos eternamente de la guerra, del pecado, del dolor y de la muerte. Luchemos hasta el fin y nunca nos demos por vencidos. Esto dice el Capitán de nuestra salvación: «El que venciere heredará todas las cosas, y Yo seré su Dios, y él será Mi hijo» (Ap. 21:7).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s