Si Dos De Vosotros Se Convinieren

240C3D71-EF32-41FC-9CBD-149666F3EA5CLos resultados fueron exactamente lo que el Salvador dice acerca de la oración cuando los cristianos son unidos por el Espíritu Santo. Las oraciones fueron contestadas en una forma tan asombrosa, que los días pasaron como una cadena interminable de victorias.
Por F. J. Huegel

En realidad la declaración que el Señor formula en Mateo 18:19, lo deja a uno sin aliento. «Si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por Mi Padre que está en los cielos.» El Señor da a entender que no existe límite al poder de esta clase de oración.

La pregunta que surge naturalmente es «¿Por qué?» Es el fruto de una unión común con Cristo. La unión que existe entre dos personas que pertenecen al Señor y están llenas del Espíritu Santo, es de tal naturaleza que el Salvador la asemeja a la unión que existe entre El y Su Padre, cuando dice: «Yo en ellos, y tú en Mí, para que sean consumadamente una cosa; y que el mundo conozca que Tú me enviaste, y que los has amado, como también a mí me has amado» (Juan 17:23). Donde se efectúa tal fusión de espíritus, Cristo Mismo se halla presente, como lo afirma en el versículo siguiente del pasaje de Mateo: «Porque donde están dos o tres congregados en Mi nombre, allí estoy en medio de ellos» (18:20).

La unión, tal cual la menciona la Sagrada Escritura, puede existir solamente donde y cuando Dios es supremo como el eslabón invisible pero real, real como nada más en el universo es real, y donde se pierden de vista todos los motivos de menor cuantía en un deseo que todo lo consume, para que El sea glorificado.

Salta a la vista que la oración que cuenta con la intención de glorificarle, tiene un alcance y un poder que no pueden ser medidos. Es tal cual lo afirmó el Señor Jesús cuando dijo: «Si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.»

Uno solo no puede hacer esta clase de oración ni alcanzar semejantes resultados, por grande que sea su estatura espiritual. Para que esté representado el cuerpo, es decir toda la iglesia, tiene que haber por lo menos dos personas. Por supuesto, existe un crescendo, un poder aumentativo que se expande a medida que aumenta el número. Pero a medida que aumentan el número y el poder, también aumentan las dificultades para alcanzar la unidad que el Salvador postuló.

¡Oh! Si la iglesia pudiera comprender lo que está a su alcance en los dominios de la intercesión colectiva para conseguir la redención de las almas y el establecimiento del reino de Dios, es indudable que ella estaría dispuesta tal como leemos en Gálatas 5:24, a «crucificar la carne», con todos sus propósitos de luchas y facciones, y mostrarse en esa unidad que se consigue tan pronto como el Espíritu Santo controla y domina ampliamente todas las cosas.

Ejemplo de la primera Iglesia

La ilustración bíblica clásica del poder de la oración, tal como emana de esta fuente, se halla en el capítulo doce del libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se nos narra la prisión de Pedro en Jerusalén. El rey Herodes había hecho matar a Santiago, el hermano de Juan, y en seguida hizo tomar preso a Pedro. ¡Qué hora aquella para la pequeña iglesia, rodeada por fuerzas despiadadas que estaban dispuestas a destruirla! Las palabras del Nuevo Testamento son bien gráficas: «Así que, Pedro era guardado en la cárcel; y la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él» (Hch. 12:5). ¿Hemos de extrañarnos que se produjera el milagro poderoso? (Y empleo la palabra con toda intención.) Copiamos todo el pasaje tal como aparece en Hechos 12:7-10: «Y he aquí, el ángel del Señor sobrevino, y una luz resplandeció, le despertó, diciendo: Levántate prestamente. Y las cadenas se le cayeron de las manos. Y le dijo el ángel: Cíñete, y átate tus sandalias. Y lo hizo así. Y le dijo: Rodéate tu ropa, y sígueme. Y saliendo, le seguía; y no sabía que era verdad lo que hacía el ángel, mas pensaba que veía visión. Y como pasaron la primera y la segunda guardia, vinieron a la puerta de hierro que va a la ciudad, la cual se les abrió de suyo: y salidos, pasaron una calle; y luego el ángel se apartó de él.»

La clase de oración que consiguió estos resultados es casi imposible de obtener, dado lo que es la naturaleza humana. «La carne» es fuerte y, como podemos leer en Gálatas cinco, sus obras son divisiones, odios, diferencias y luchas. Sin embargo, cuando la Cruz es aplicada a la ciudadela del corazón, donde está entronizado secretamente el orgullo, y se produce una crucifixión completa del «yo egoísta,» la unión de espíritus se efectúa de un modo natural, y la oración, de esta forma invencible, se convierte en una estupenda realidad.

Fui testigo de ello en Colombia, donde los cristianos pasaron por el fuego de la persecución, donde sus casas y templos son quemados, y los creyentes llevados a la muerte. Tal experiencia funde a todos los espíritus en uno. Así sucedió en Jerusalén cuando la iglesia oraba sin cesar a favor de Pedro que estaba encadenado, esperando ser ejecutado.

Para la celebración del primer centenario de la llegada del Evangelio a Colombia, se habían organizado grandes reuniones en las ciudades principales. La iglesia se movió como una sola pieza, a través de sus diferentes denominaciones, grupos independientes y misiones de tal o cual «persuasión.» ¡Fue algo imposible de describir! Todo se pareció a una gran orquesta dirigida por un solo Director, dentro de la más completa armonía.

Los resultados fueron exactamente lo que el Salvador dice acerca de la oración cuando los cristianos son unidos por el Espíritu Santo. Las oraciones fueron contestadas en una forma tan asombrosa, que los días pasaron como una cadena interminable de victorias. Solamente en un lugar hubo una apedreada, pero sin consecuencias mayores para nadie. Dios realizó lo imposible. Las grandes celebraciones con campañas de evangelización, coros unidos que cantaban las alabanzas al Señor, y retiros bíblicos se celebraron sin mayores tropiezos, todo en un espíritu de victoria y gozo indescriptibles.

Hace algunos años un colega misionero y yo trabajamos entre los soldados de mi patria adoptiva, predicando el Evangelio. Esta obra siguió unos cinco años dentro y fuera de los cuarteles y por los caminos de la nación, que en aquellos tiempos estaban custodiados por soldados. La experiencia recogida en el terreno de la oración equivaló a una fortuna millonaria, por así decirlo.

Mi compañero misionero y yo estábamos identificados tan perfectamente en un espíritu que no teníamos más que pedir al Señor, y nos era concedido. Vivíamos en un mundo de milagros como los del libro de los Hechos de los Apóstoles. Nada nos detenía. No teníamos más que pedir, repito, y lo teníamos. Las dificultades que surgían de lo que es meramente humano, no tenían ningún significado.

¿No había dicho el Salvador, «Si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por Mi Padre que está en los cielos»? El lo dijo, y eso bastaba; y a medida que orábamos y creíamos, constatábamos que la promesa era verdad.

Busca a un compañero de oración

Guerrero cristiano que estás descorazonado, ¡busca a un compañero de oración con quien puedas mostrarte perfectamente natural, uno con quien puedas estar en perfecto espíritu de unidad en un mismo Salvador, y entra junto con él en una gloriosa aventura de oración! Si no puedes encontrar ese compañero de oración, pide al Señor que El te lo proporcione. Será hecho. Se abrirá para ti un nuevo día de tal gloria y hermosura como jamás has soñado que se pueda vivir de este lado del cielo.

«Mas a media noche Pablo y Silas oraban» (Hch. 16:25). ¿Te extraña que un terremoto sacudiera la cárcel donde estaban confinados? ¿Te extraña que esa misma noche Pablo y Silas, libres de los cepos, pudieran llevar al carcelero al conocimiento de Cristo? No, no nos extrañaremos si recordamos las palabras del Salvador, «Y otra vez os digo, que si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosas que pidieren, les será hecho por Mi Padre que está en los cielos.»

El misionero se halla en una posición peculiar de inacabables oportunidades para demostrar el poder de la oración. Hace algunos años que en esta tierra a la cual mi corazón está ligado con vínculos que están forjados en la propagación del Evangelio de Cristo, llegó el comunismo como una tromba que amenazó derribar el antiguo orden establecido y apoderarse del país. La educación fue modificada sobre la base del ateísmo; noche tras noche las estaciones de radio vomitaban blasfemias sobre todo el país; una tensión terrible se había apoderado de todos los corazones, y el temor cundió por todas partes con efectos paralizantes.

Un grupo de pastores y misioneros nos reunimos para ver qué se podía hacer, y la conclusión fue que la única esperanza era la intervención divina. ¿No había dicho el Señor, «Invócame en el día de la angustia, y te libraré»? (Sal. 50:15). Resolvieron reunirse cada mañana a las seis y media para orar, y continuar hasta que llegara la liberación.

Las semanas y los meses pasaron mientras ellos se mantenían firmes en la oración. Ni una sola mañana dejaron de reunirse los guerreros de la oración. Sabían que se encontraban en medio de un conflicto poderoso con los poderes de las tinieblas, que estaban luchando con principados y poderes espirituales, no con sangre y carne, y aunque ellos representaban denominaciones diferentes, toda idea de sectarismo había desaparecido. En la tremenda hora de la crisis, eran absolutamente uno en Cristo. Una gran pasión los consumía a todos.

Durante seis meses y en las primeras horas de cada mañana bombardearon el cielo con súplicas y lágrimas incesantes. No fueron reuniones formales de oración. Los pastores y los misioneros estuvieron sobre el rostro en la presencia de Dios suplicando la promesa y reclamando la victoria en el nombre de Jesús.

Y entonces una buena mañana, después de gemir y suplicar en el Espíritu ante el trono de la gracia, uno de los pastores entró a la reunión llevando el periódico de ese día en la mano. Allí estaba la respuesta. El presidente de la nación se había desembrazado de los comunistas que tenía en su gabinete, y había dado una media vuelta. Se había disipado la negra nube que ensombrecía al país. El Sol de la Justicia apareció trayendo salvación en sus alas. La espina dorsal del monstruo había sido quebrada.

Dios descubrió Su brazo fuerte y consiguió una gloriosa victoria. El temor desapareció. El gozo corrió como un río arrollador que llevó todo por delante. Hubo alegría como en los días de la reina Ester. Poco tiempo después, me sentí hondamente conmovido mientras escuchaba una estación de radio local. Irradiaba un villancico que dice, «Señor Jesús, te amo mientras yaces dormido en la paja.» Los años han transcurrido y no hay señales de que el monstruo vuelva al poder.

Si estamos dispuestos a ponernos de acuerdo según la promesa del Salvador, entonces no existen límites para el poder de la oración.

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2 respuestas a “Si Dos De Vosotros Se Convinieren

  1. Aleluya! Ese es nuestro Dios fiel a la oración de una Iglesia unida en luchas y victorias. Hermosas remembranzas, y no dejamos de orar por Su Iglesia, El prometió: “la gloria postrera será mayor que la primera…” Así sea!

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