Los Deberes De Los Padres

CB969258-3BAB-4EF4-A5CD-273D0BACAEC6Padres ustedes pueden enviar a sus hijos a las mejores escuelas, y regalarles Biblias y Libros, y llenarlos de conocimientos intelectuales, pero si a la vez no hay una instrucción regular en casa, les digo sin rodeos, les irá mal a las almas de sus hijos al final.
Por J. C. Ryle

Instrúyalos recordando continuamente las promesas de las Escrituras. Esto también lo trataré brevemente, a fin de que no se desanime.

Cuenta usted con una promesa clara: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Pr. 22:6). Piense lo que significa tener una promesa como esta. Las promesas eran las únicas lámparas de esperanza que alegraban los corazones de los patriarcas antes de que fuera escrita la Biblia. Enoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, José, – todos vivieron confiando en unas pocas promesas, y sus almas prosperaron. Las promesas son los refrigerios que en toda época han mantenido y fortalecido al creyente. El que tiene un pasaje bíblico claro de su lado no tiene por qué deprimirse jamás. Padres y madres, cuando sus corazones desfallezcan y estén a punto de detenerse, lean las palabras de este texto, y cobren ánimo.

Piense en quién es el que promete. No es la palabra de un hombre que puede mentir o arrepentirse; es la palabra del Rey de reyes, quien nunca cambia. Él ha dicho algo y, ¿acaso no lo hará? O ha hablado y, ¿acaso no cumplirá? Ni hay nada demasiado difícil que Él no pueda realizar. Las cosas que son imposibles para los hombres son posibles para Dios. Lector, si no recibimos el beneficio de la promesa que estamos enfocando, la culpa no es del Señor, sino nuestra.

Piense también lo que la promesa contiene, antes de negarse a ser reconfortada por ella. Habla de cierta época en que la buena instrucción dará fruto especial, «cuando el niño es viejo.» Por cierto que esto reconforta. Quizá no vea usted con sus propios ojos el resultado de la instrucción cuidadosa, pero no puede saber qué frutos benditos pueden brotar de ella mucho tiempo después de que usted haya partido de esta vida. No es la costumbre de Dios dar todo de una vez. «Después» es el tiempo cuando muchas veces escoge obrar, tanto en las cosas de la naturaleza como en las cosas relativas a la gracia. «Después» es el momento cuando la aflicción da fruto apacible de justicia (Heb. 12:11). «Después» fue el tiempo cuando el hijo que se negó a trabajar en el viña de su padre se arrepintió y fue (Mt. 21:29). Y «después» es el tiempo en que deben confiar los padres si no ven un éxito inmediato, debe usted sembrar en esperanza y plantar en esperanza.

«Echa tu pan sobre las aguas,» dice el Espíritu, «porque después de muchos días lo hallarás» (Ecl. 11:1). No me cabe duda que muchos hijos que nunca dieron señales de haber aprovechado la instrucción de sus padres en vida de ellos, se levantarán el día del juicio, y los bendecirán por su buena instrucción. Siga adelante, entonces, con fe, y tenga por seguro que su labor no será desaprovechada totalmente. Tres veces se echó Elías sobre el hijo de la viuda antes de que éste reviviera. Siga su ejemplo, y persevere.

Instrúyalos, por último, orando continuamente pidiendo una bendición sobre todo lo que hace. Sin la bendición del Señor, sus mejores esfuerzos no darán resultado. Él tiene en Sus manos los corazones de todos los hombres, y a menos que Él toque los corazones de sus hijos con Su Espíritu, se esforzará usted sin lograr nada. Por lo tanto, riegue con constates oraciones la semilla que siembra en sus mentes. El Señor está mucho más dispuesto a escuchar que nosotros a orar; mucho más dispuesto a dar bendiciones que nosotros a pedirlas; le agrada que se las pidamos. Y le presento esta cuestión de la oración como el remache, el sello de todo lo que hace. Creo que el que mucho ora rara vez es rechazado.

Considere a sus hijos como Jacob consideró a los suyos; le dice a Esaú que «Son los niños que Dios ha dado a tu siervo» (Gn. 33:5). Considérelos como José consideró a los suyos; le dijo a su padre: «Son mis hijos, que Dios me ha dado» (Gn. 48:9). Considérelos como el salmista: «heredad de Jehová son los hijos» (Sal. 127:3). Y luego pídale al Señor, con audacia santa, que derrame su gracia y misericordia sobre Sus propios regalos. Note como Abraham intercede por Ismael, porque lo ama: «Ojalá Ismael viva delante de ti» (Gn. 17:18). Vea como habla Manoa al ángel acerca de Sansón: «¿Qué orden se tendrá con el niño, y qué ha de hacer?» (Jue. 13:12). Observe qué cuidado tierno tenía Job por el alma de sus hijos: «Ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado a Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días» (Job 1:5). Padres, si aman a sus hijos, vayan y hagan lo mismo. No pueden llevar sus nombres ante el trono de gracia demasiadas veces.

Padres ustedes pueden enviar a sus hijos  a las mejores escuelas, y regalarles Biblias y Libros de Oraciones, y llenarlos de conocimientos intelectuales, pero si a la vez no hay una instrucción regular en casa, les digo sin rodeos, les irá mal a las almas de sus hijos al final. El hogar es el lugar donde se forman los hábitos; el hogar es el lugar donde se echan los cimientos del carácter; el hogar nos hace parciales a gustos y opiniones. Ocúpense, entonces, les ruego, que haya una instrucción cuidadosa en casa. Feliz es el hombre que puede decir, como dijo Bolton en su lecho de muerte a sus hijos: «Creo que ninguno de ustedes se atreverá a encontrarse conmigo ante el tribunal de Cristo en un estado no regenerado.»

Si anhelan ustedes que sus hijos sean los restauradores de sus vidas, y el aliento de su vejez, si quieren que sean bendiciones y no maldiciones, gozos y no tristezas, Juda y no Rubén, Rut y no Orfa – si no quieren, como Noé, avergonzarse de sus acciones y, como Rebeca, cansarse de la vida por culpa de ellos: si éste es su deseo, sigan pronto mi consejo, instrúyanlos correctamente mientras son jóvenes.

 

 

 

 

 

 

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