Que el mundo lo sepa

3509983E-CFDB-4A6E-9AE1-A43E5C946FA8Quería venganza: Contar a los extranjeros lo que estaba pasando en mi país. Un testimonio poderoso de como Dios responde las oraciones.

Cuando era jovencita, mi abuelo tenía visitas de amigos los domingos. Cuando llegaban, yo tenía que salir fuera a jugar, aunque no quisiera. Y no entendía por qué tenían esa reunión si los domingos era día festivo en Corea del Norte.

Muchos años después, en mi segunda etapa en China, un misionero de Corea del Sur me enseñó una Biblia. Esa noche soñé con mi abuelo: le vi con sus amigos, arrodillándose alrededor del Libro. Creo que soy la primera creyente de mi familia, pero mi abuelo había estado orando por mí durante todos estos años.

Seguir a Cristo en Corea del Norte es algo que se hace en el más estricto secreto y mi abuelo nunca me habló del Evangelio. Como todavía está vivo, no puedo dar detalles de él. En otro sueño oí como él me dijo: “¡Quédate callada!” Y yo contesté: “Pero sé que eres creyente”. Sé que las bendiciones de Dios han estado sobre mi familia (nadie ha muerto de hambre, por ejemplo). Tengo dos hijos que aún viven en Corea del Norte. Oro para que un día puedan salir de allí.

Contrabandista, esclava, fugitiva, prisionera

Después de que mi marido muriese (en una disputa con un borracho), necesité dinero. Se me ofreció un trabajo como contrabandista ilegal a China para introducir mercancía en mi país. Esto era ilegal en China, pero como el Gobierno norcoreano necesitaba esa mercancía, dio el visto bueno. Después de unos años, el intermediario fue arrestado y, si yo volvía sin la mercancía, los oficiales norcoreanos me arrestarían y me enviarían a un campo de prisioneros.

Primero me escondí en el campo, pero conocí a un hombre que podía darme cobijo. Resultó ser un traficante de personas y me vendió a un hombre chino con quien tuve que vivir varios años. Fue una vida terrible, perdí toda esperanza y despreciaba a mi “marido”. Me refugié en el alcohol. Quería volver a Corea del Norte. Solo había un camino que saliese del pueblo y la familia me observaba constantemente. Me quedé embarazada y no pude volver a mi país. Cuando mi bebé nació, mi familia china pensó que ya no intentaría escapar. Pero estaban equivocados.

Un día recibí una llamada de alguien que decía que me ayudaría a escapar. No sé por qué, pero confié en él. Me pidió ir a una ciudad. Me encontré con el y me enseñó su carnet: era policía. Mi mundo se vino abajo. Nunca podría escapar después de eso. Tras siete días en prisión, agentes norcoreanos vinieron a por mí. Me llevaron a una ciudad fronteriza al norte de Corea del Norte y, cuando me encerraron en una celda de dos metros cuadrados con otras cuarenta mujeres, pensé que mi vida se había terminado. Me golpeaban constantemente. Las condiciones en las celdas eran muy malas. No me costó mucho tiempo caer enferma. Las mujeres me pusieron en un rincón y me dejaron allí. Dormí un par de días y, cuando desperté, me sentí furiosa. Quería venganza: contar a los extranjeros lo que estaba pasando en mi país.

Estuve en aquella prisión un mes y después fui trasladada a un pequeño campo de trabajo forzoso. Como era de carácter temporal, no tenía mucha vigilancia y logré escapar con otras dos mujeres. Aunque aún no era creyente, había escuchado sobre Jesús en China e, inconscientemente, oré a Dios. Llegamos a un pueblo donde el oficial de seguridad descubrió quiénes éramos porque una de las señoras se había teñido de rubio en China (nadie hace eso en Corea del Norte). Así que pocos días después estábamos de nuevo bajo custodia. Esperaba que recibiésemos un castigo severo, pero ¡ni siquiera se mencionó!

Un encuentro con la “princesa de Dios”

Poco después fui trasladada a un pequeño campo de prisioneros donde nos trataron como animales. En mi celda había una señora que era diferente a las demás. Aunque nuestra situación era infernal, ella miraba con rostro de paz. Una vez, le di un empujoncito y le pregunté: “¿Qué pasa contigo? ¿Por qué estás tranquila?” Me contestó: “Cuando yo estaba en China, Dios me trató como a una princesa”. Era una señora mayor y frágil. Me burlé de ella: “Así es, yo también quiero ser una princesa”. “Bien, ora como yo”, me dijo. Le seguí el juego mientras ella continuaba: “Gracias, Dios, por todo. Haz tu voluntad. En el nombre de Jesús. Amén”.

Eso fue lo más extraño que había escuchado en mi vida. “¿Por qué debería dar gracias por esta prisión?”, le pregunté. “Simplemente hazlo”, dijo. No sé por qué, pero seguí su ejemplo: le di gracias a Dios y le pedí ser libre. Ella compartió el Evangelio con todas las de la celda y nos animaba a que orásemos. Tenía mucha fe. Nos contó que iba a salir pronto, y así fue gracias a la ayuda de un familiar.

Tres días después de aquella primera oración, se me acercó un guarda y me preguntó: “¿Tienes familiares en esta zona?” Le contesté que tenía un hermano. A la noche volvió y me dijo que había encontrado a mi hermano. ¡Aquello era un milagro! Después de unos pocos días apareció mi hermano. Me dio algo de comida e hizo un pacto de soborno con el guarda a cambio de mi liberación. Y así fui liberada en pocos meses. Dios había respondido a mis oraciones. Me fui a vivir con mi hermano, pero nadie sabía dónde estaban mis hijos. No vi futuro en Corea del Norte y empecé a planear mi huida a China. Mi hermano no quería, pero sentí que no tenía elección y volví a cruzar el río.

Una nueva vida, un nuevo propósito

En China me encontré con un misionero y asistí a su estudio bíblico, el cual me transformó por completo. Empecé a experimentar al Dios vivo. Por supuesto, creí en Cristo y confesé mis pecados. Hace unos años, decidí que quería vivir en libertad y me arriesgué a viajar a Corea del Sur. Y gracias a la misericordia de Dios, llegué sana y salva. Dios es un Dios de milagros. Cuando estuve en prisión siempre quise informar al mundo de lo que estaba pasando en Corea del Norte. Ahora Puertas Abiertas me brinda la oportunidad de hacer exactamente eso.

Esther vive hoy en Corea del Sur. Hace pocos meses consiguió contactar con sus hijos por teléfono. Según ella, intentarán escapar cuanto antes. Está comprometida con una organización cristiana que ayuda a norcoreanos a escapar de China. La hija que tuvo en China también llegó a Corea del Sur.

Esther nos pide orar para que sus hijos puedan escapar e ir a vivir con ella, y para que Dios la guíe a hablarles de Cristo y le conozcan: “Queda mucho por hacer, pero estoy llena de agradecimiento por sus oraciones. Él las está usando para hacer milagros”.

 

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