La Llave Que Abre

7EDE1617-0BE5-4706-B7B8-DD341126534CAquel que lleva la llave equivocada está tan lejos de entrar en la casa como el que no la lleva. Breve Meditación Llena De Luz
Nadie puede llegar a conocer la Palabra de Dios si Su Espíritu no le abre la puerta.  Aunque fueras un genio, serías tan ciego como los de Sodoma, que tanteaban la puerta de Lot sin poder hallar el camino al conocimiento salvador.  Aquel que lleva la llave equivocada está tan lejos de entrar en la casa como el que no la lleva, o aún más.  Por lo menos el que no tiene llave puede llamar al que está dentro, mientras que el otro confía en una llave falsa.  Los fariseos tenían abundante conocimiento intelectual, pero tropezaron en toda la verdad de Cristo enseñada por Moisés y los profetas.
Muchos de los que estos fariseos consideraban ignorantes, empezaron a ver al Mesías.  No hay ciego tan ignorante a quien Su Espíritu no pueda abrirle los ojos.  Dios se movía sobre las aguas en la creación, y transformó una masa informe en la belleza que ahora disfrutamos; y este Mismo poder moverse sobre tu alma oscurecida e iluminarla para que le contemples: «La exposición de Tus palabras alumbra; hace entender a los simples» (Sal. 119:130).

Él nos manda alentar a aquellos que suelen desanimarse solos: «Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles» (Is. 35:3).  ¿Por qué?  Porque… «Los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán….  Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará» (vv. 5, 8).
Mientras más consciente seas de tu debilidad, más apto serás para que el Espíritu te moldee según Cristo; porque un estudiante soberbio y un maestro humilde nunca estarán de acuerdo: «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (1 Pe. 5:5).  Él no se complace en el arrogante, antes bien tiene paciencia con el humilde y diligente.  Recuerda que Jesús nunca se impacientó con Sus discípulos, sino que les repitió la misma lección una y otra vez, hasta que por fin dijeron: «He aquí ahora hablas claramente» (Juan 16:29).

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