Quisiéramos Ver A Jesús

CE509C8B-6622-42B6-86D9-DDCBA704F21C “¿Cómo podemos mantener avivadas las llamas del fuego del amor apasionado por Jesús? ¿Cómo podemos experimentar la realización de un fin que sea aun mejor que el comienzo? ¿Podemos nosotros, que le hemos conocido a Él por más tiempo, ser los que más le amamos a Él?”

Por Dave Butts
“Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús” (Juan 12:20-21).
Este es un pasaje asombroso en la Escritura. Al mismo tiempo que los líderes religiosos trataban de silenciar a Cristo, los gentiles trataban de encontrarle a Él. Hay algo en Jesús que llama y atrae a las personas hacia Él; especialmente atrae a los que son libres de expectativas tradicionales. Los judíos de aquellos tiempos esperaban a un Mesías político que les diera la libertad del dominio romano. Jesús no llenaba esas expectativas y por eso Él fue rechazado por Su mismo pueblo. Pero aquí encontramos a unos greigos…unos forasteros que han oído de este rabino de Galileo, que hacía milagros…y el deseo de ellos era verle a Él.

Yo creo que sea posible que estos mismos factores estén trabajando hoy en día. El mismo pueblo de Dios puede acostumbrarse tanto a los servicios de la iglesia y a cómo siempre han sido las cosas, que deje de reconocer a Jesús. A veces “los de afuera”, los que están sin antecedentes en la iglesia, son los que desarrollan una verdadera pasión, un gran deseo de ver al Señor. El propósito del Evangelio es manifestar a Cristo en los que toman en serio los mandamientos de Dios, y de ofrecer ese ejemplo a un mundo que tanta necesidad tiene de nuestro Señor.
Mi pregunta es, “¿Podemos nosotros que hemos caminado con Él por muchos años…que quizás hayamos asistido a la iglesia, por décadas…tener esa pasión para verle y conocerle a Él?” Es obvio que la respuesta es que “Sí.” Hay los que han continuado manteniendo y desarrollando su camino de amor con el Señor a través de muchos años. Pero hay muchos que no han mantenido en sus vidas un amor ardiente, que desgraciadamente su amor se ha enfriado. Entonces, últimamente, las preguntas que se presentan son, “¿Cómo podemos mantener avivadas las llamas del fuego del amor apasionado por Jesús? ¿Cómo podemos experimentar la realización de un fin que sea aun mejor que el comienzo? ¿Podemos nosotros, que le hemos conocido a Él por más tiempo, ser los que más le amamos a Él?”

Las Escrituras nos enseñan que en vez de enfriarnos en cuanto a nuestro amor por el Señor, debería pasar lo opuesto. Pablo escribe a los corintios: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18). Esta gloria es la imagen de Cristo que crece continuamente en nuestras vidas, mientras vivamos diariamente nuestra fe dando ejemplo y testimonio de Cristo.
¿Qué es lo que puede mantener vivo el fuego dentro de nosotros? Yo creo que los griegos que vinieron a Felipe tuvieron la clave, aunque quizás no lo supieran. Ellos declararon: “Quisiéramos ver a Jesús.”
La respuesta es mirar a Jesús. Añorar de verle a Él debe ser nuestro deseo más básico. Cuando Pablo escribió a los colosenses él les animó así: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Colosenses 3:1).

Si miramos a la Iglesia, puede ser que nos desanimemos. Si miramos a la obra que nos queda por delante, nos podemos cansar. Si miramos a nosotros mismos, seguro que nos daremos por vencidos. Es solamente en mirar a Jesús, en toda Su gloria y en Su soberanía sobre todas las cosas.
Nuestra dificultad es que inclusive en la Iglesia del Señor, con frecuencia, miramos a todos y a todo, menos a Jesús. Nos encontramos tan distraídos por los asuntos y por los negocios del mundo que nos olvidamos de mirar a Jesús, de enfocar nuestra vista en Él. David Bryant dijo que muchas veces hacemos de Jesús nuestra mascota en vez de hacerle a Él nuestro monarca…Él está en nuestros alrededores, pero no tiene ningún puesto de autoridad en nustras vidas.
¡Oh, cómo cambiará la Iglesia cuando veamos a Jesús, reconociéndole a Él quien realmente es! Miren a lo que le ocurrió al Apóstol Juan cuando él vio a Jesús con Su cuerpo glorificado: “…y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último” (Apocalipsis 1:13-17).

¡Es ya hora que la Iglesia de Jesucristo vea al Verdadero Jesús! Debemos verle a Él como realmente Él es…no como una mascota sino como nuestro monarca. Colosenses 1:15-20 representa quizás la presentación más poderosa y clara de quien es este Jesús a quien adoramos: “El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:15-20).
Cuando los del mismo pueblo de Dios vuelvan sus caras al cielo y empiecen a añorar ver a Jesús… a desarrollar esa pasión y tener esa hambre por Su presencia…entonces el Señor Mismo satisfacerá ese deseo con Su propia preciosa presencia.
¡Avivamiento! ¡Despertamiento! Y los de afuera empezarán a ver y oír acerca de este mover de Dios en medio de Su pueblo. Entonces, ellos también empezarán a tener la misma petición que Felipe oyó de los griegos en los tiempos aquellos: “Quisiéramos ver a Jesús.”
“Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu amanecer” (Isaías 60:3).

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