Hacedores de la Palabra

E016AE99-F057-4C15-B79B-D9A3A221C6C9Una de las maneras más simples de mantenernos firmes como hacerdores de la Palabra es de orar cuando oímos o leemos las Escrituras. Siempre debemos preguntar, “Señor, ¿qué hay en este pasaje para mí?

Por Dave Butts

Hay mucha confusión acerca de la Palabra de Dios en el día de hoy. La confusión que existe no se encuentra entre los que dudan ni la autoridad ni la autenticidad de la Biblia. En cambio, está pasando casi cada semana entre cristianos que se consideran conservativos y ardientes creyentes en la Biblia. Eso viene a causa de tener borrosa la diferencia entre oír y hacer la Palabra de Dios y es, desafortunadamente, una trampa peligrosa en que muchos se caen.

Puede ser que empiece así: Asistimos a la iglesia el Domingo y oímos un sermón poderoso basado en la Escritura. Quizás salgamos del edificio de la iglesia diciendo, ¡Qué gran sermón! ¿Y cómo sentimos por dentro como resultado del sermón aquel? Nos sentimos muy bien. Y eso es el comienzo de una decepción. Nos sentimos bien porque hemos oído y estamos de acuerdo con la Palabra de Dios; sin embargo, no hemos hecho nada para responder. La verdad es que muchas veces podemos estar enseñados a oír la Palabra en vez de hacerla por, el sistema que usamos de tratar de usar muchas enseñanzas diferentes en poquito tiempo.

Santiago es él que nos da la enseñanza bíblica más clara en este asunto:

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera es un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacerdor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:22-25).

Hebreos nos da otra advertencia acerca de esto de no ser solamente oyentes, usando la nación de Israel durante sus 40 años de viaje en el desierto como un ejemplo negativo. La mayoría del tercer capítulo de Hebreos nos advierte del daño de no creer y obedecer lo que dice Dios – viendo el ejemplo de lo que hizo Israel y así cómo falló el puelbo de Dios en el desierto. “Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto” (Hebreos 3:7-8). En Hebreos 4:2 leemos, “Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oir la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.”

Volvamos al libro de Santiago de nuevo. El nos advierte, “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:17). Eso es lo que le pasó a Israel. Ellos oyeron la Palabra de Dios a través de Moisés repetidas veces. Eventualmente, oír la Palabra y no hacerla les guió al endurecimiento de sus corazones.

¡Qué advertencia para la Iglesia de hoy! ¿Pudiera ser que oír un sermón Domingo tras Domingo fuera peligroso para nosotros? Claro que sí si nosotros no pusiéramos en acción a lo que oímos. La Escritura nos advierte que nosotros podemos experimentar un endurecimiento de corazón. Haciéndote insensible a las influencias del Espíritu Santo.

El Salmista nos dice acerca de los que oyen y obedecen la Palabra. Salmo 112:

“Bienaventurado el hombre que teme a Jehová, Y en sus mandamientos se deleita en gran manera. Su descendencia será poderosa en la tierra; La generación de los rectos será bendita. Bienes y riquezas hay en su casa, Y su justicia permancec para siempre. Resplandeció en las tinieblas una luz para lo rectos; Es clemente, misericordioso y justo. El hombre de bien tiene misericordia, y presta; Gobierna sus asuntos con juicio, Por lo cual no será zarandeado jamás; En memoria eterna será el justo. No tendrá temor de malas noticias; Su corazón está firme, confiado en Jehová. Seguro está su corazón; no temerá, Al fin confundirá a sus adversarios. Reparte, da a los pobres; Su justicia permanece para siempre; Su poder será exaltado en gloria. Lo verá el impío y se irritará; Crujirá los dientes, y se consumirá. El deseo de los impíos perecerá.”

Una de las maneras más simples de mantenernos firmes como hacerdores de la Palabra es de orar cuando oímos o leemos las Escrituras. Siempre debemos preguntar, “Señor, ¿qué hay en este pasaje para mí? ¿Hay un pecado del cual arrepentir? ¿Debo parar y darte gracias, mi Señor, por lo que has hecho por mí? ¿Hay una relación que debo empezar a reparar? Señor, ¿cómo lo que Tú has dicho aquí cambia la manera en que paso mi tiempo y uso mi dinero hoy? Padre, enséñame hoy de Tu Palabra lo que debo hacer. Dame oídos para oír.

 

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