LA VISIÓN Y LLAMADO DEL PROFETA ISAÍAS

B925BB5C-3BEB-4596-AB90-654E3C3785B1Dios quiere enseñar a cada uno de sus hijos, él quiere revelarse, darse a conocer como él es, él es santo y quiere ministrarnos con su fuego y quemar aquello que no debe estar en nosotros… quiere tocarnos y usarnos, quiere cumplir su plan en nosotros.

“…Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí”, Isaías 6:6-8

Ante la presencia de Dios nuestro pecado es manifiesto. El mismo Isaías lo expresa así: “Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”.

El contexto nos dice que los serafines están adorando a Dios. La palabra serafines significa ardientes, son los que están al frente del trono en su presencia rindiendo continua adoración (Es imposible estar en Su presencia y no adorar. Su nombre “ardientes” nos recuerda el fuego que alimenta el corazón de un adorador). Adoran declarando tres veces Santo,  es una adoración al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Un encuentro con la santidad de Dios es fundamental, pues le podemos conocer como Dios proveedor, Dios salvador, Dios restaurador, pero no como Dios Santo; la adoración nos hace conscientes de su santidad. El templo es afectado por la presencia del Dios Santo (“Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo”, Isaías 6:4). Recordemos que su gloria lleno el tabernáculo, el templo de Salomón, y así mismo nosotros como templo de Dios debe ser estremecido (sobrecogido, conmovido) con Su presencia.

Su santidad y misericordia requieren la disposición del corazón humano, pues vemos que Isaías reconoce su condición, y su necesidad (Aunque ya estamos en el capítulo 6). Dios ministra a sus hijos, trayendo para ellos sanidad, libertad y restauración. Dios envía un serafín con fuego del altar celestial (el altar es lugar de sacrificio, lugar de la sangre vertida para perdón de pecados).

El fuego consume (la madera, el heno y la hojarasca), purifica (quita las impurezas del oro) y aviva el corazón apagado. Es el fuego que descendió cuando se consagró el tabernáculo, cuando se ofreció el templo de Salomón, es el fuego que descendió sobre el monte Carmelo cuando Elías derrotó a los sacerdotes de Baal, es el fuego el que hace huir a la serpiente (cuando Pablo estaba en la isla de Malta), pero la tibieza las atrae (por eso se refugian en casas de humanos y aún en sus camas).

Ante la misericordia de Dios, nuestro corazón debe responder dispuesto (“Heme aquí, envíame a mí”, Isaías 6:8). No era tiempo de entristecerse, ni caer en depresión por la ausencia del rey Uzías era tiempo de ir y hacer la voluntad de Dios. Era el tiempo de cumplir con la comisión divina, Isaías debía ir y profetizar, ir y declarar la Palabra de Dios. De hecho Isaías significa “Jehová es salvación”, Dios lo había llamado a servirle como profeta, y el Señor lo ministra y lo envía.

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