Victoria sobre el mal genio por el poder del Espíritu Santo

IMG_5499 Por Samuel L. Brengle

El mal genio, en el sentido en que la palabra generalmente se usa, no es una facultad o poder del alma, sino más bien una expresión irregular, apasionada y violenta del egoísmo. Cuando el egoísmo es destruido por el amor, por la entrada del Espíritu Santo, quien nos manifiesta a Jesús como el Salvador supremo, creando dentro de nosotros un corazón limpio, el mal genio se va, así como el rozamiento. Por ejemplo, el desgaste en dos ruedas se normaliza cuando los engranajes están perfectamente ajustados, el uno al otro. Así como las ruedas de un automóvil al ser libre de rozamiento, ruedan mejor, igualmente el hombre funciona mejor sin dicho mal genio.
No tenemos que destruir las ruedas para quitar la fricción, sino que las reajustamos. Las ponemos en la correcta posición y relación la una con la otra: y entonces sin ruido alguno, ellas perfectamente llevan a cabo su tarea. Así que, estrictamente hablando, la santificación no destruye a la persona, sino al egoísmo en todos sus expresiones como la manifestación y la reivindicación anormales, malas y desordenadas del ego.
Yo mismo tengo que ser santificado, rectificado, purificado, armonizado con la voluntad de Dios así como es manifestada en su Palabra, y unido a Él en Cristo, para que así la vida de su santidad y amor corra continuamente en todas las vías de mi ser, como la savia de la vid, corre a través de todas las fibras de las ramas. “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos”, dice Cristo (Juan 15:5).

Cuando el hombre es así lleno del Espíritu Santo, él no se vuelve de cera o jalea, con todos los poderes de resistencia anulados en él. Él no tiene menos energía que antes, sino más; porque ahora todo su poder natural es reforzado por el Espíritu Santo, transformándose en canales de amor y paz, en lugar del odio y contienda.
Él puede aún tener sentimiento de indignación en la presencia de lo erróneo, pero ésta nunca más será agresiva, violenta, explosiva y egoísta, sino calmada, ordenada, santa y determinada como la de Dios. Y será la sana oposición natural de santidad y justicia a todo lo satánico e injusto.
Tal hombre lo sentirá al ser tratado injustamente, pero igual como lo siente cuando los demás han sido ultrajados. El elemento personal y egoísta estarán ausentes. Al mismo tiempo, él tendrá compasión del que hizo el mal, y un gran deseo de verle salvo, más que verle castigado.
En la calle el otro día, un hombre santificado paseaba con su esposa, cuando un hombre impuro quien viajaba en un coche, insultó a la esposa con palabras sucias. Repentinamente le vino al hombre la tentación de querer agarrar a dicho individuo, con deseos de castigarlo, pero inmediatamente el interno Consolador de dentro le susurró: “Si perdonáis a los hombres sus ofensas” (Mateo 6:14).

Al instante el corazón limpio del hombre respondió: “Lo voy a hacer, yo lo perdono, Señor”. Entonces en lugar de la ira, un amor grande llenó su alma; en vez de arrojarle una piedra o palabras acaloradas al pobre pecador engañado por el demonio, él oró a Dios en el cielo, rogando por el pecador, y su ser quedó en paz, perfectamente adaptado a su Señor. Con su corazón completamente sensible a la palabra de su Maestro, él pudo decir con todo derecho: “Ya no tengo mal genio”.
¿Un mal genio pecaminoso o una indignación justa?
Es necesario tener bien abiertos los ojos, para discernir la diferencia entre la justa indignación y el temperamento pecaminoso.
Muchos hombres son injustos consigo mismos y se roban a sí mismos al denominar a sus arranques de cólera, “justa indignación”. Por otra parte, hay almas tan tímidas que son temerosas de pecar por medio del mal genio, y así suprimen la sana oposición que la justicia, para ser saludable y perfecta, debe expresar en contra de la injusticia y el pecado.

El Dr. Asa Mahan, amigo y compañero de trabajo del evangelista Finney, tenía en su juventud un genio vivo y violento. Pero un día él creyó y Dios lo santificó, y por cincuenta años él dijo que nunca sintió sino una vez provocación de enojo, y eso fue sólo por un momento, como a los cinco años después de que él recibió la bendición. Por los otros cuarenta y cinco años, a pesar de ser expuesto a muchas pruebas y provocaciones, sentía en su corazón sólo el amor, la paz, paciencia y buena voluntad.
Una mujer cristiana tenía que guardar cama por años, y se volvió muy irritable y de muy mal humor. Por último ella, convencida de que el Señor tenía una mejor experiencia para ella, comenzó a orar y pedir por un corazón limpio lleno del amor santo, paciente y humilde. Ella le pidió al Señor con mucha vehemencia y seriedad, tanto así que su familia empezó a alarmarse, temiendo que ella desgastara su pobre cuerpo frágil en la lucha por su libertad espiritual.
Pero ella les dijo que había determinado obtener la bendición aunque le costara la vida. Ella continuó orando hasta que un agradable y feliz día el Consolador vino: su corazón fue purificado. Desde ese día en adelante, a pesar de su invalidez nerviosa, y los dolores que padecía constantemente, ella nunca demostró ni la menor señal de impaciencia o mal genio. En lugar de eso, ella fue llena de mansedumbre y de gratitud gozosa y paciente.
El amor se acercó al arpa de vida,
y todas las notas con poder tocó.
Tocó el acorde del ego que, temblando,
en música bonita se desvaneció.
Tal es la experiencia de la persona en la cual Jesucristo vive sin tener rival, y en la cual la gracia ha llevado a cabo su trabajo perfecto.

¿Quieres esta bendición, mi hermano, mi hermana? Si lo quieres, tienes que estar seguro de esto: Dios no te ha dado tal deseo en el corazón para burlarse de ti. ¡Tú puedes obtenerlo! Dios es capaz aún de hacer esto por ti. Con el hombre es imposible, pero con Dios no lo es.
Busca a Dios ahora por ello. Es su labor, su regalo. Mira a tus fracasos en el pasado y reconócelos. Mira a las dificultades presentes y futuras: enuméralas, enfréntate a ellas una por una, y reconoce que son muchas más de las que tú puedas esperar vencer.
Entonces mira al agonizante Hijo de Dios, tu Salvador, vestido con el manto sin costura, la corona de espinas, y las marcas de los clavos en sus manos y sus pies. Mira la fuente de su sangre. Mira su palabra. Mira al todopoderoso Espíritu Santo quien habitará dentro de ti si tan sólo tú confías y obedeces.
Exclama fuerte: “¡Será hecho! Las montañas se reducirán a llanuras, lo imposible llegará a ser posible. ¡Aleluya!”. Inteligentemente y en silencio abandónate a ti mismo ahora al Espíritu Santo en una fe sencilla, gustosa y obediente, y la bendición será la tuya. ¡Gloria a Dios!

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