La Adoración – Un Elemento De Verdadera Oración P.3

IMG_5364Necesitamos un sentido de lo que significa la santidad de Dios
Cuando contemplemos la santidad de Dios, le adoraremos y engrandeceremos Su nombre. Moisés tuvo que aprender esta misma lección. Dios le dijo: «Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es» (Éxodo 3:5). Cuando oímos a los hombres que tratan de presentarse como santos, y hablan de su santidad, creo que toman a la ligera la santidad de Dios.
Es de Su santidad de la que necesitamos hablar y en la que hemos de pensar; cuando hacemos esto nos postraremos en el polvo. Recordemos también, lo que le ocurrió a Pedro. Cuando Cristo se le dio a conocer, contestó: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador» (Lucas 5:8). A la vista de Dios nos damos cuenta de lo santo que Él es y de lo pecadores que somos nosotros.
Encontramos que Job, también, tuvo que aprender la misma lección: «He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca» (Job 40:4).

Cuando escuchamos a Job discutiendo con sus amigos, pensaríamos que era el hombre más santo que ha vivido sobre la tierra. Era ojos para los ciegos, y pies para los cojos; alimentaba a los hambrientos y vestía a los desnudos. ¡Qué hombre tan maravilloso era! Todo era yo, yo, yo. Al final Dios le dijo: «Ciñete ahora como varón tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me responderás» (Job 40:7). En el momento en que Dios se le reveló, Job cambió su modo de hablar. Se dio cuenta de su propia vileza ante la perfección y pureza de Dios. Y contestó: «de oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:5-6).
Lo mismo se ve en los casos de aquéllos que acudieron a nuestro Señor en los días de su vida en la carne; los que vinieron correctamente, buscando y obteniendo su bendición, manifestaron un vivo sentimiento de su superioridad infinita con respecto a ellos mismos. El centurión del cual leemos en mateo ocho, dice: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo» (Mateo 8:8). Jairo, «se postró ante Él,» al presentarse a hacer su petición (Lucas 8:41); el leproso en el evangelio de Marcos, «vino a Él…e hincada la rodilla» (Marcos 1:40); la mujer sirofenicia «vino y se postró a sus pies» (Marcos 7:25); el leproso «se postró rostro en tierra a sus pies» (Lucas 5:12).
Igualmente, el discípulo amado, hablando del sentimiento que tenían respecto a Jesús cuando estaban con Él como su Señor, dice: «…(y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14). Por íntima que fuera su compañerismo, y por tierno que fuera su amor, le reverenciaban tanto como se deleitaban comunicar con Él, y le adoraban al igual que le amaban.

CONTINUARA

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