El Hombre Que Murió Por Mi

IMG_5363(La historia de un minero de California, EE.UU.)
  Por Sra. J. K. Barney
Hace muchos años yo quería ser una misionera en el extranjero, pero había muchas vallas que me interceptaban el camino. Después de unos años fui a vivir a la costa del Pacífico. La vida era dura en la región minera en que vivía, y esto me proporcionó la oportunidad para hacer obra misionera.
Oí hablar de un hombre que vivía en la montaña, que se moría de consunción. «Es tan malvado y ruin,» me dijeron, «que nadie puede estar a su lado; así que los muchachos le colocan la comida cerca y la dejan hasta el día siguiente. Algún día van a encontrarle muerto, y cuanto antes mejor. Ni aun creo que tenga alma.»
Después de oír esto, cuando estaba haciendo mi trabajo me perseguía la idea de este hombre, y sentía compasión por él, y procuré durante tres días que alguien fuera a verle para descubrir si necesitaba mejores cuidados. Se lo dije a varias personas y cuando la última se negó, triste por su indiferencia, me vino la idea:
«¿Por qué no vas tú misma? Aquí hay obra misionera si es que quieres hacerla.»
Ni que decir. Sopesé mucho la posibilidad de que mi visita le fuera útil, y también diré que me retraía la idea de ponerme en contacto con una persona tan mezquina. No era ésta la clase de obra que quería hacer.
Pero al fin un día fui a la montaña, a la pequeña choza de adobe en que vivía. Consistía sólo en una habitación. La puerta estaba abierta, y en un rincón, sobre unas mantas coloradas y paja hallé al moribundo. El pecado había dejado profundas huellas en su rostro, y si no hubiera estado segura, por lo que me habían dicho, de que no podía moverse, me habría escapado corriendo.
Cuando el hombre vio mi sombra sobre el suelo levantó los ojos, me dio una mirada y pronunció una terrible blasfemia.
«No hable de esta manera, amigo,» le dije.
«Yo no soy su amigo,» me contestó: «Nunca he tenido amigos, y ahora menos que nunca. No los necesito.»
Me acerqué a un paso de distancia, le puse allí la fruta que le había traído y retrocedí hacia la puerta preguntándole si tenía algún recuerdo de su madre, esperando hallar algún lugar tierno en su corazón; pero todo lo que me contestó fue una maldición sobre ella. Le hablé de Dios y maldijo a Dios. Traté de hablarle de Jesús y de su muerte por nosotros, pero me hizo callar con sus blasfemias, y añadió:
«Todo esto es una mentira. No hay nadie que muera por los demás.»
Me fui desanimada. Me dije a mí misma: «Ya sabía que era inútil.»
Pero el próximo día fui otra vez, y cada día, durante dos semanas, pero él no dio muestra alguna de gratitud; como si yo fuera un perro.
Al fin me dije: «No voy más.»
Aquella noche, cuando ponía a los pequeños en la cama, no oré por el minero, como acostumbraba hacerlo. El pequeño Charlie lo notó y dijo: «Mamá, no has orado por aquel mal hombre.»
«No,» le contesté con un suspiro.
«¿Ya te has cansado de orar por él?»
«¡Veo que sí!»
«¿Ya no quiere salvarle Dios ahora?»
Aquella noche no pude dormir. «¡Aquel hombre moribundo, tan malo y de quien nadie tenía compasión!»
Me levanté y salí para orar, pero cuando me tocaron las rodillas al suelo me sentí abrumada por el sentimiento de lo deficientes que habían sido mis oraciones. No había orado con fe, y mi afecto por él había sido realmente tibio, sin fervor. ¡Oh, qué vergüenza, cuán falso era mi celo misionero! Me postré sobre el rostro, literalmente, y grité: «Oh, Cristo, dame idea del valor de un alma humana.»
Seguí de rodillas hasta que el Calvario se hizo realidad para mí. No puedo describir aquellas horas. Ni me di cuenta que pasaban, pero aquella noche aprendí lo que no sabía antes, lo que es sufrir dolores de parto por un alma humana. Vi a mi Señor aquella noche como no le había visto nunca antes.
El día siguiente por la mañana me trajo una lección en la obra cristiana que nunca había aprendido. Otros días, para ir a verle había esperado hasta la tarde, cuando había terminado todo el trabajo, me había cambiado el vestido, puesto los guantes, y había salido a dar un paseo cuando ya había sombra en el camino por la montaña. Aquel día, en el momento en que los pequeños salieron para la escuela, dejé el trabajo y me apresuré a ir a la montaña, no para ir a ver a aquel «desgraciado,» sino para ganar a un alma. Había un alma humana, cuya suerte se estaba jugando, y quería llegar allí rápidamente.
Camino a la montaña, una vecina salió de la casa y me dijo: «Me gustaría ir contigo a la montaña.»
Yo no deseaba que viniera, pero fue otra lección para mí. Dios podía hacer planes mejor que yo. La vecina dijo: «Te esperaré aquí; supongo que no tardarás mucho.»
Yo no sé lo que esperaba, pero el hombre me saludó con una terrible blasfemia. Esta vez no me causó tanto daño como acostumbraba, porque me hallaba tras Cristo, y permanecí allí. Podía resistir porque le hería a Él primero.
Mientras cambiaba la jofaina de agua y la toalla, cosas que había hecho cada día, y que él usaba, pero por las que nunca me había dado las gracias, resonó fuera la risa alegre de la niña, como el gorjeo de un pájaro.
«¿Qué es esto?» preguntó enarcando las cejas.
«Es una niña que hay fuera que está esperándome.»
«¿Tendría inconveniente en dejarla entrar?» me dijo en un tono muy diferente del que había usado conmigo antes. Salí a la puerta y le hice señal de que se acercara, y luego, cogiendo a la niña de la mano, le dije: «Ven, Abigail, que verás al enfermo.»
Ella retrocedió cuando vio la cara del enfermo y dijo: «Tengo miedo.»
Pero yo le di confianza: «¡Es un pobre enfermo! No puede levantarse, y quiere verte.»
La niña tenía el aspecto de un ángel, con su carita rodeada de rizos dorados, sus ojos tiernos y cariñosos, y llevando en la mano unas flores de salvia que había recogido. Inclinándose hacia él le dijo: «Estoy muy triste de que esté enfermo. ¿Quiere un ramillete?»
El enfermo puso su mano huesuda más allá de las flores en la manita delicada de la niña y le salieron las lágrimas de los ojos. Entonces dijo: «Yo tenía una niña también, pequeña, pero murió. Se llamaba Mamie. Ella me cuidaba. Nadie más lo ha hecho. Me parece que habría sido todo muy distinto para mí si ella hubiera vivido. He aborrecido a todo el mundo desde que murió.»
A partir de aquel momento ya sabía cuál era la llave para abrir el corazón de aquel hombre, y me vino la idea rápidamente, que había nacido durante aquella noche de oración: «Cuando le hablé de su madre y su esposa usted las maldijo, y ahora sé que no eran mujeres buenas, pues de otros modo no habría hablado así.»
«¿Mujeres buenas? ¡Ah!, usted no tiene idea de esta clase de mujeres. Usted no puede ni pensar lo que eran.»
«Bien, si su hijita hubiera vivido y se hubiera criado con ellas, ¿no habría sido como ellas? A usted no le habría gustado que ella hubiera vivido para ser como ellas, ¿no es verdad?»
Al parecer el hombre nunca lo había pensado, y su mirada quedó fija a lo lejos, durante un minuto entero. Al volver de su ensimismamiento exclamó: «¡Oh, no! La hubiera matado antes. Estoy contento que muriera.»
Yo extendí la mano y, poniéndola sobre la suya, le dije: «El buen Dios no quiso que la niña fuera como ellas. Él la amaba más de lo que la amaba usted. Así que se la llevó consigo adonde podían cuidarla los ángeles. Él se la guarda. Hoy le está esperando. ¿No quiere verla otra vez?»
«¡Ah!, me dejaría quemar vivo mil veces si pudiera ver a mi hijita otra vez, mi pequeña Mamie.»
¡Oh, qué historia tan dichosa tenía para contarle aquel día, y había estado tan cerca del Calvario aquella noche que podía contársela de primera mano!
El pobre rostro fue cambiando de pálido a ceniciento mientras yo hablaba, y el hombre extendió los brazos hacia el cielo cuando la agonía le dominaba. Jadeó dos o tres veces, como si no pudiera respirar. Luego me agarró la mano y me dijo: «¿Qué es lo que me dijo el otro día, mujer, sobre hablar con otro que no está a la vista?»
«Esto se llama orar. Le digo a Dios lo que deseo.»
«Pues ¡ore ahora! ¡Ore rápidamente! Dígale que quiero volver a ver a mi hijita. Dígale lo que quiera.»
Cogí las manos de la niña y las coloqué sobre la mano temblorosa del enfermo. Entonces me arrodillé, con la niña delante de mí, y le dije que orara por aquel hombre que había perdido a su pequeña Mamie y quería verla otra vez. Esta fue la oración de esta pequeña Abigail, por lo menos, tal como yo la recuerdo: «Querido Jesús, este hombre está enfermo. Ha perdido a su hijita, y está muy triste por ello. Yo estoy también triste por él. ¿Quieres ayudarle y enseñarle dónde está su hijita? Hazlo, por favor. Amén.»
Pareció que el cielo se abría delante de nosotros. Allí había Alguien con las marcas de los clavos en las manos y una herida en su costado.
Abigail se escurrió pronto, pero el hombre siguió diciendo: «Díselo otra vez, díselo todo a Dios…, pero, ¡ah!, tú no lo sabes todo.»
Entonces derramó en confesión un torrente de horrores que yo no habría podido sobrellevar de no haber sido por Aquel que estaba cerca de nosotros en aquel momento, en pos de aquella alma perdida.
Al cabo de tres días aquella alma pobre y cansada lo puso todo a los pies de Aquel que es poderoso para salvar: «El hombre que murió por mí.»
Vivió cuatro semanas, como si Dios quisiera dejar ver lo real que había sido el cambio. Le había hablado de una reunión, un día, y él dijo: «Me gustaría ir a una reunión una vez. Nunca fui a una de estas cosas.»
Así que hicimos planes para celebrar una reunión, y los muchachos vinieron de las fábricas y las minas y llenaron la habitación.
«Muchachos,» dijo él, «todo el mundo de rodillas mientras ella habla de Aquel hombre que murió por mí.»
A mí me habían criado con la idea de que una mujer no debía hablar en una reunión, pero me di cuenta que estaba hablando, y traté de contarles la simple historia de la cruz.
Después de un rato, él dijo: «Muchachos, vosotros no creéis ni la mitad de lo que os dice, pues si lo hicierais estarías llorando. No podríais por menos. Muchachos, ponedme de pie.»
Ellos se levantaron, y, respirando entrecortadamente y tosiendo todo el rato, el enfermo les contó la historia, y esto es según recuerdo, parte de lo que dijo: «Muchachos,» les dijo, «ya sabéis que el agua al pasar por la caja arrastra la tierra y deja el oro. Bien, la sangre de este Hombre que ella dice pasó por encima de mí e hizo lo mismo; se lo llevó casi todo. Pero dejó bastante para que pudiera ver a Mamie, y ver al Hombre que murió por mí. ¡Oh, muchachos!, ¿por qué no le amáis también?»
Unos días después vi que el fin se acercaba, y cuando le dejé le dije: «¿Qué debo decir esta noche, Jack?»
«Sólo: “Buenas noches”» contestó, «y cuando nos veamos otra vez yo diré: “Buenos días”, allí arriba.»
El día siguiente por la mañana la puerta estaba cerrada y hallé a dos hombres sentados en silencio en una tabla extendida sobre dos taburetes. Apartaron la sábana y pude ver la cara del muerto, que parecía haberse acercado a la «imagen de Dios».
«Quisiéramos que hubiera podido verle cuando se fue,» me dijeron. «Se animó hacia la medianoche y, sonriendo, dijo: “Me voy, muchachos. Decidle a ella que voy a ver a Mamie. Decidle que voy a ver al Hombre que murió pro mí”; y con esto partió.»
Arrodillada allí mismo, puse mis manos sobre las manos frías de él, las que habían tenido manchas de sangre humana, y pedí al Señor que me hiciera comprender más todavía el valor de un alma, y que pudiera entrar en una profundidad de la compasión de Cristo.
«El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9).

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