La Adoración – Un Elemento De Verdadera Oración P. 2

IMG_1952Tomado de La oración que prevalece Permítame referirle a un pasaje en las profecías de Daniel, un hombre que sabía orar. Su oración trajo la bendición del cielo sobre sí y sobre su pueblo. Dice: «Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos» (Dan. 9:3-4).
El pensamiento sobre el que quiero llamar la atención del lector es el de las palabras: «Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido.» Daniel se colocaba en la posición justa delante de Dios: en el polvo; puso a Dios en el lugar debido. Fue cuando Abraham se hallaba de rodillas, postrado delante de Dios, que Dios le habló. La santidad pertenece a Dios; lo pecaminoso a nosotros.
Brooks, el gran escritor puritano, dice: «Una persona de santidad verdadera queda completamente afectada y absorbida en la admiración de la santidad de Dios. Las personas no santas pueden quedar algo afectadas por las otras características de Dios; pero sólo las almas santas quedan impresionadas con su santidad. Cuanto más santas son, más afectadas y de modo más profundo. Para los santos ángeles, la santidad de Dios es el diamante resplandeciente del anillo de gloria. Pero las personas no santas son afectadas por otras cosas distintas.

«Nada le parece más desalentador al pecador que un mensaje sobre la santidad de Dios; es como el escrito en la pared (Daniel 5:1-29); nada hace sufrir el corazón y la cabeza de un pecador como un sermón sobre Aquel que es santo; nada mortifica y da cólico, nada aguijonea y aterroriza a los no santos, como una presentación viva de la santidad de Dios. Pero, las almas santas no pueden oír un mensaje más bienvenido y satisfactorio, que les dé más deleite y contento, y que les agrada y beneficia más, que aquéllos en que descubren más plena y poderosamente la gloria de Dios en su santidad.» De modo que, al presentarnos ante Dios, hemos de adorar y reverenciar Su nombre.
Lo mismo se nos dice en Isaías 6:1-3: «En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de Él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de Su gloria.»

CONTINUARA

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