Fe en la Palabra y en Cristo final

img_0286Es el «escudo de la fe» el que apaga todos los dardos de fuego del maligno. El hombre que puede decir, «Yo sé a quién he creído,» es el que puede decir en el momento de sufrimiento, «No me avergüenzo» (2 Tim. 1:12). El que escribió, «No desmayemos» y «porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria» (2 Cor. 4:16-17), es el que escribió con la misma pluma, «No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (4:18).

Es el hombre que dijo, «Vivo en la fe del Hijo de Dios» (Gál. 2:20), y dijo en la misma epístola, «El mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo» (6:14). Es el hombre que dijo, «Para mí el vivir es Cristo» (Flp. 1:21), y dijo en la misma epístola, «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación» (4:11). «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece…» (4:13). ¡Cuánto más grande es la fe, más contundente es la victoria! ¡Cuánto mayor es la fe, más enriquecedora es la paz interior!
¿Quiere alguno pelear la batalla del soldado cristiano exitosa y prósperamente? Ore pidiendo un continuo aumento de fe. Permanezca en Cristo, acérquese más a Cristo y aférrese más a Cristo cada día de su vida. Ore cotidianamente como oraban los discípulos: «Señor, auméntanos la fe» (Lc. 17:5). Vigile celosamente su fe, si es que la tiene. Éste es el baluarte del carácter cristiano de la cual depende la seguridad de toda la fortaleza. Es el punto que a Satanás le encanta asaltar.

Todo queda a los pies del enemigo si no hay fe. En esto, si amamos la vida, tenemos que mantenernos en guardia de una manera especial.
Recordemos que si queremos pelear exitosamente tenemos que ponernos toda la armadura de Dios y no quitárnosla hasta morir. No podemos prescindir ni siquiera de una pieza de ella. El cinto de la verdad, la coraza de justicia, el escudo de la fe, el yelmo de la salvación, la espada del Espíritu, todos estos pertrechos son absolutamente necesarios. No podemos quitarnos ninguna parte de la armadura ni siquiera un día. Dijo bien aquel veterano del ejército de Cristo que murió hace 200 años, «Apareceremos en el cielo, no con nuestra armadura puesta, sino vestidos con mantos de gloria. Pero mientras estemos aquí tenemos que usar nuestras armas día y noche. Tenemos que caminar, trabajar y dormir en ellas, si no, no somos verdaderos soldados de Cristo» (Christian Armour [Armadura cristiana], por Gurnall).

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