La oración, la alabanza y la acción de gracias

Capitulo 5 del libro Orad sin cesar, paginas 58 – 65

El doctor A. J. Gordon describe la impresión que le causó su relación con Joseph Rabinowitz, a quien el doctor Delitzsch consideró el judío convertido más extraordinario después de Saulo de’ Tarso: “No olvidaremos fácilmente el resplandor que iluminaba su rostro cuando exponía los salmos mesiánicos en el culto de la mañana o de la noche, y cómo, a medida que aquí y allá captaba una vislumbre del Cristo sufriente o glorificado, repentinamente levan¬taba los brazos y los ojos hacia el cielo, en un estallido de adoración, exclamando con Tomás des¬pués que hubo visto las marcas de los clavos: ‘¡Señor mío, y Dios mío!’ ” —D. M. Mclntyre

La oración, la alabanza y la acción de gracias van juntas. Entre ellas hay una íntima relación. La alabanza y la acción de gracias son tan parecidas que no es fácil distinguirlas y definirlas por separado. Las Escrituras juntan estas tres cosas. Hay muchas razones para la acción de gracias y la alabanza. Los salmos están llenos de cantos de alabanza e himnos de acción de gracias, y todos señalan los resultados de la oración. La acción de gracias incluye la gratitud. En efecto, la acción de gracias no es otra cosa que la expresión de una conciencia interna de gratitud a Dios por los favores recibidos. La gratitud es una emoción interna del alma, que surge involuntariamente en nosotros, mientras que la acción de gracias es la expresión voluntaria de nuestra gratitud.

La acción de gracias es oral, positiva y activa. Es dar algo a Dios. La acción de gracias se manifiesta públicamente. La gratitud es secreta, silenciosa, pasiva; no manifiesta su existencia hasta que se expresa en la alabanza y la acción de gracias. La gratitud se siente en el corazón. La acción de gracias es la expresión de ese sentimiento interior.

La acción de gracias es sencillamente lo que la expresión significa: es dar gracias a Dios. Es dar algo a Dios por las bendiciones recibidas, en palabras que sentimos en el corazón. La gratitud emana de la contemplación de la bondad de Dios. Es engendrada por una seria meditación sobre lo que Dios ha hecho por nosotros. Tanto la gratitud como la acción de gracias señalan a Dios y sus favores y tienen que ver con ellos. El corazón está conscientemente agradeci¬do a Dios. El alma expresa esa gratitud del corazón en palabras o en hechos.

La gratitud nace de la meditación sobre la gracia y la misericordia de Dios. “Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres.” Aquí vemos el valor de la meditación profunda. “Dulce será mi meditación en él.” La alabanza es engendrada por la gratitud y una obligación consciente hacia Dios por los favores recibidos.

Al pensar en los favores pasados, el corazón se ve movido interiormente a la gratitud.
Me gusta pensar en los favores pasados, e implorar el bien futuro;
y dejar todas mis preocupaciones y pesares sobre Aquél a quien adoro.

El amor es hijo de la gratitud. El amor crece cuando se siente gratitud, y luego irrumpe en alaba¬za y acción de gracias a Dios. “Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas.” Las oraciones contesta¬

La oración, la alabanza y la acción de gracias van juntas. Entre ellas hay una íntima relación. La alabanza y la acción de gracias son tan parecidas que no es fácil distinguirlas y definirlas por separado. Las Escrituras juntan estas tres cosas. Hay muchas razones para la acción de gracias y la alabanza. Los salmos están llenos de cantos de alabanza e himnos de acción de gracias, y todos señalan los resultados de la oración. La acción de gracias incluye la gratitud. En efecto, la acción de gracias no es otra cosa que la expresión de una conciencia interna de gratitud a Dios por los favores recibidos. La gratitud es una emoción interna del alma, que surge involuntariamente en nosotros, mientras que la acción de graias es la expresión voluntaria de nuestra gratitud.

Este es el comienzo de toda actividad enérgica, inagotable e incansable. Todo esto es consecuencia de esperar en Dios.
Puede haber mucha actividad inducida por el aprendizaje, creada por el (entusiasmo, producto de la debilidad de la carne, inspirada en fuerzas voláti¬les y de corta duración. La actividad es a menudo a expensas de elementos más sólidos y útiles,’ y generalmente con descuido total de la oración. El estar demasiado ocupado con el trabajo para Dios, tanto que no haya tiempo para comunicarse con Dios, el estar demasiado ocupado con el trabajo de la iglesia, sin tomarse el tiempo de hablar con Dios acerca de dicho trabajo, es la avenida para el retroce-so, y muchas personas han caminado por ella en detrimento de sus almas inmortales.

A pesar de la gran actividad, el gran entusiasmo y la gran pasión por el trabajo, el trabajo y la actividad no serán otra cosa que ceguera, sin el cultivo y la madurez de las gracias de la oración.

La acción de gracias es oral, positiva y activa. Es dar algo a Dios. La acción de gracias se manifiesta públicamente. La gratitud es secreta, silenciosa, pasiva; no manifiesta su existencia hasta que se expresa en la alabanza y la acción de gracias. La gratitud se siente en el corazón. La acción de gracias es la expresión de ese sentimiento interior.
La acción de gracias es sencillamente lo que la expresión significa: es dar gracias a Dios. Es dar algo a Dios por las bendiciones recibidas, en palabras que sentimos en el corazón. La gratitud emana de la contemplación de la bondad de Dios. Es engendrada por una seria meditación sobre lo que Dios ha hecho por nosotros. Tanto la gratitud como la acción de gracias señalan a Dios y sus favores y tienen que ver con ellos. El corazón está conscientemente agradeci¬do a Dios. El alma expresa esa gratitud del corazón en palabras o en hechos.
La gratitud nace de la meditación sobre la gracia y la misericordia de Dios. “Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres.” Aquí vemos el valor de la meditación profunda. “Dulce será mi meditación en él.” La alabanza es engendrada por la gratitud y una obligación consciente hacia Dios por los favores recibidos. Al pensar en los favores pasados, el corazón se ve movido interiormente a la gratitud.
Me gusta pensar en los favores pasados, e implorar el bien futuro;
y dejar todas mis preocupaciones y pesares sobre Aquél a quien adoro.

El amor es hijo de la gratitud. El amor crece cuando se siente gratitud, y luego irrumpe en alaban¬za y acción de gracias a Dios. “Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas.” Las oraciones contestadas causan gratitud, y la gratitud produce un amor que declara que no cesará dé orar:

“Porque ha inclinado a mí su oído; por tanto, le invocaré en todos mis días.” La gratitud y el amor estimulan a orar mejor.
Pablo apela a los romanos para que se dediquen enteramente a Dios como sacrificio vivo, y el motivo que lo impulsa son los favores de Dios.
Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional (Romanos 12:1).

La consideración de los favores de Dios no sólo produce gratitud, sino que induce a una mayor dedicación a Dios de todo lo que somos y tenemos. De modo que la oración, la acción de gracias y la consagración, están todas ligadas inseparablemente.

La gratitud y la acción de gracias siempre miran hacia atrás, aunque también abarcan el presente. Pero la oración siempre mira al futuro. La acción de gracias trata de cosas que ya se han recibido. La oración trata de las cosas que se desean, que se piden y que se esperan. La oración se vuelve gratitud y alabanza, cuando las cosas que se han pedido han sido otorgadas por Dios.

Así como la oración nos trae cosas que provocan gratitud y acción de gracias, también la alabanza y la gratitud promueven la oración, e inducen a orar más y mejor.

La gratitud y la acción de gracias están definitiva¬mente en contra de cualquier murmuración contra el trato de Dios hacia nosotros, y de toda queja sobre nuestra suerte. La gratitud y la queja nunca habitan en el mismo corazón al mismo tiempo. Un espíritu que no sabe apreciar no puede estar a la par de la gratitud y la alabanza. Y la verdadera oración corrige las quejas y promueve la gratitud y la acción de gracias. El descontento con la propia suerte y la disposición a no estar conformes con las cosas que nos vienen por la providencia de Dios, son enemigos de la gratitud y de la acción de gracias.

Las personas que murmuran son personas desagra-decidas. Las personas agradecidas nunca tienen tiempo ni disposición para detenerse a murmurar. La la peregrinación de los israelitas por el desierto, cuando se dirigían a Canaán, fue arruinada por su tendencia a murmurar y quejarse contra Dios y Moisés. Por eso varias veces Dios se vio fuertemente dolido y fue necesaria la poderosa oración de Moisés para apaciguar la ira divina debido a las murmura- j ciones. La ausencia de gratitud no dejaba lugar ni disposición para la alabanza y la acción de gracias, como ocurre siempre. Pero cuando estos mismos israelitas cruzaron el mar Rojo, a la vez que sus enemigos fueron destruidos, hubo un canto de ala¬banza conducido por María la hermana de Moisés. Uno de los pecados principales de estos israelitas fue el olvidar a Dios y sus favores, y la falta de gratitud ■ de su corazón; lo que produjo murmuraciones y falta de alabanza, como siempre ocurre.

Cuando Pablo escribió a los colosenses que deja¬ran que la palabra de Cristo morara en sus corazones en abundancia, y permitieran que la paz de Dios los gobernara, les dijo: “Y sed agradecidos”, y agregó:

. .enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos i espirituales” (Colosenses 3:16).

Más adelante, al escribir a los mismos cristianos, une la oración y la acción de gracias: “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Colosenses 4:2].

Y al escribir a los tesalonicenses, vuelve a unir la oración y la acción de gracias: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:16-18).
Te damos gracias, Señor del cielo y de la tierra, que nos has conservado desde nuestro nacimiento, nos has redimido de la muerte y del terror, y con tus dones has servido nuestra mesa.
Dondequiera que haya verdadera oración, la ac¬ción de gracias y la gratitud están a su lado, listas para responder a la contestación de la oración cuando esta llega. Así como la oración trae la respuesta, también la respuesta trae gratitud y ala¬banza. Así como la oración pone a Dios en funciona¬miento, también las oraciones contestadas ponen en funcionamiento la acción de gracias. La acción de gracias sigue a la oración contestada así como el día sucede a la noche.

La verdadera oración y la gratitud conducen a la total consagración, y la consagración induce a más y mejor oración. Una vida consagrada es una vida de oración y de acción de gracias.

El espíritu de alabanza fue en algún momento la gloria de la Iglesia primitiva. Este espíritu moraba en los tabernáculos de estos primeros cristianos como una nube de gloria, desde la cual Dios hablaba y resplandecía. Llenaba sus templos con el costoso aroma del incienso ardiente. Es evidente para cual¬quier observador cuidadoso, que este espíritu de alabanza está lamentablemente ausente en nuestras congregaciones actuales. Es igualmente evidente que es una poderosa fuerza para proyectar el Evangelio y su cuerpo de fuerzas vitales. Restaurar el espíritu de alabanza en nuestras congregaciones debiera ser uno de los puntos principales para cualquier pastor verdadero. El estado normal de la Iglesia está mani¬festado en la declaración hecha en el Salmo 65:1: “Tuya es la alabanza en Sion, oh Dios, y a ti se pagarán los votos.”

La oración está tan clara y definidamente unida a la alabanza, tan inseparablemente vinculada, que no se pueden separar. La alabanza depende de la oración para ser completa y manifestar su dulce melodía.

El canto es uno de los métodos de la alabanza, no el más elevado, es cierto, pero es la forma común y corriente. El servicio de canto en nuestras iglesias tiene mucho que ver con la alabanza, porque según el carácter del canto será la sinceridad y la medida de la alabanza. El canto puede ser dirigido de tal manera que tenga elementos que desvirtúan y co¬rrompen la oración. Puede ser dirigido de tal forma que quite todo lo que se parezca a la acción de gracias y la alabanza. Mucho del canto moderno en nuestras iglesias es completamente extraño a todo lo que se parezca a la sincera alabanza del corazón a Dios.

El espíritu de oración y la verdadera alabanza van de la mano. Ambos a menudo se ven totalmente disipados por el canto liviano, irreflexivo y superfi¬cial de nuestras congregaciones. Mucho del canto carece de una reflexión seria, y de todo lo que se parezca a un espíritu devocional. Su brillo y su vanidad tal vez no sólo disipen todas las caracterís¬ticas esenciales de la adoración, sino que también pueden substituir el espíritu por la carne.

El dar gracias es la vida misma de la oración. Es su fragancia y su música, su poesía y su corona. La oración que trae la respuesta ansiada, irrumpe en alabanza y acción de gracias. De modo que cualquier otra cosa que interfiera con el espíritu de oración y lo dañe, necesariamente hiere y disipa el espíritu de alabanza.

El corazón debe tener la gracia de la oración para cantar alabanzas a Dios. El canto espiritual no necesita del buen gusto o del talento musical, sino de la gracia de Dios en el corazón. Nada ayuda tanto a la alabanza como un profundo avivamiento de la reli-gión verdadera en la iglesia. La conciencia de la presencia de Dios inspira el canto. Los ángeles y los que ya están glorificados en el cielo no necesitan directores artísticos para dirigirlos. Ni necesitan coros pagados para armonizar con la doxología celestial de alabanza y adoración. No dependen de escuelas de canto para enseñarles las notas y la escala del canto. Su canto irrumpe involuntariamen¬te del corazón.

Dios está presente inmediatamente en las asam-bleas celestiales de ángeles y de espíritus de hom¬bres justos que han sido perfeccionados. Su gloriosa presencia crea el canto, enseña el canto, e impregna sus notas con alabanza. De la misma manera ocurre en la tierra. La presencia de Dios en nuestras congregaciones provoca el canto y la acción de gracias, mientras que la ausencia de Dios en nuestras congregaciones implica la muerte del canto, o lo que equivale a lo mismo, hace que el canto sea frío, formal y sin vida. La conciencia de la presencia de Dios volvería a traemos los días de alabanza y restauraría toda la armonía del canto.

Donde abunda la gracia, abunda el canto. Cuando Dios está en el corazón, el cielo está presente y allí hay melodía, y los labios rebosan de la abundancia del corazón. Esto es tan cierto en la vida privada del creyente, como lo es en las congregaciones de los santos. La decadencia del canto, la muerte y pérdida del espíritu de alabanza en el canto, implican la declinación de la gracia en el corazón y la ausencia de la presencia de Dios en su pueblo.

MAS por venir!

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